HOMILÍA DEL ARZOBISPO METROPOLITANO EN EL VI DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO 2022

 “Llamados a ser bienaventurados, felices, dichosos”

Nuestro Evangelio dominical, recoge el pasaje por todos conocidos de la Bienaventuranzas del Reino en la versión del evangelista San Lucas (ver Lc 6, 17.20-26). Podríamos decir, que las “bienaventuranzas” condensan y precisan la esencia de la enseñanza del Señor Jesús en toda su novedad y contundencia. Por ello, son el mejor resumen del Evangelio. Bien se puede decir que quien las ha comprendido y se propone practicarlas, ha entendido y puede hacer realidad todo el Evangelio.

Escuchémoslas de nuevo: “Bienaventurados los pobres, porque vuestro es el Reino de Dios. Bienaventurados los que tenéis hambre ahora, porque seréis saciados. Bienaventurados los que lloráis ahora, porque reiréis. Bienaventurados seréis cuando los hombres os odien, cuando os expulsen, os injurien y proscriban vuestro nombre como malo, por causa del Hijo del hombre. Alegraos ese día y saltad de gozo, que vuestra recompensa será grande en el Cielo” (Lc 6, 20-23). Y para que no haya duda alguna que estas cuatro afirmaciones son claves en su enseñanza y en la vida de todo discípulo suyo, Jesús les contrapone cuatro “ay” o “ayes”: “Pero ¡ay de vosotros, los ricos!, porque habéis recibido vuestro consuelo. ¡Ay de vosotros, los que ahora estáis hartos!, porque tendréis hambre. ¡Ay de los que reís ahora!, porque tendréis aflicción y llanto. ¡Ay cuando todos los hombres hablen bien de vosotros!, pues de ese modo trataban sus padres a los falsos profetas” (Lc 6, 24-26). En la Biblia, el “ay” o “ayes” son una forma de anatema, maldición o advertencia de castigo.

Ahora bien, ¿a quiénes se dirige Jesús cuando usa el pronombre “vosotros”? Para ello debemos examinar el auditorio que escucha a Jesús cuando el Señor imparte su enseñanza sobre las “bienaventuranzas” y los “ayes”. Veamos con atención.  

En el pasaje previo, Jesús ha elegido a los Doce Apóstoles. Bajando con ellos del monte a donde había ido a orar durante la noche, como era su costumbre (ver Lc 6, 12), San Lucas nos dice que el Señor se detuvo en un paraje llano donde se había reunido una multitud de discípulos suyos y una gran muchedumbre del pueblo (ver Lc 6, 17). Lo escuchaban entonces tres clases o categorías de personas: Los Doce Apóstoles, sus demás discípulos, y el pueblo en general. Entre estos últimos habría todo tipo de personas: Pobres y ricos, hambrientos y satisfechos, afligidos y libertinos. Por tanto, todos nos podemos reconocer en este amplio auditorio que escucha al Señor, y sentir que la enseñanza de Jesús también se dirige hoy a cada uno de nosotros.    

La principal de las bienaventuranzas es la primera con su “ay” contrario. En ella se establece un contraste entre los pobres y los ricos. Si esta enseñanza del Señor Jesús, ya tenía toda su fuerza y significación hace dos mil años, cuánto más hoy en día en que vivimos sumidos y agobiados por el asfixiante consumismo individualista que nos empuja a un ansia desmedida de tener y a ser egoístas, es decir, a ser insensibles ante la necesidad y el dolor ajeno. En efecto, la sociedad consumista de nuestro tiempo, a diferencia de la enseñanza de Cristo, más bien nos grita:

“Bienaventurados, dichosos, felices, los que pueden tener mucho dinero, comprar muchas cosas, pasarla bien, y gozar de los placeres de este mundo”. El mundo de hoy se empeña en querer inculcarnos que la felicidad se mide por cuanto uno tiene y posee, y no por lo que uno es y las virtudes que vive. Jesús, en cambio, nos advierte: “¡Ay de ellos!, porque ya han recibido su consuelo”. Es curiosa esta sentencia del Señor. No nos dice qué les espera después de esta vida a estas personas que sólo ambicionan y codician, pero sí que, si no se convierten, su destino será tal, que desde ahora el Señor nos invita a compadecernos de ellos a pesar de sus goces y satisfacciones actuales.  

En las dos “bienaventuranzas” y “ayes” siguientes, es claro el contraste entre el “ahora” y el “futuro”. Se puede decir que éstas dos bienaventuranzas son como una explicitación de la primera: Los que ahora tienen hambre, serán saciados; los que ahora están satisfechos, tendrán hambre. Los que ahora lloran, reirán; los que ahora ríen, llorarán. Nos preguntamos entonces: ¿Y cuándo ocurrirá esta inversión de la situación? La respuesta la encontramos en la última bienaventuranza: “Alegraos ese día y saltad de gozo, que vuestra recompensa será grande en el Cielo” (Lc 6, 26). Es decir, el cambio ocurrirá después de la muerte y será un cambio eterno, es decir, para toda la vida. Para que comprendamos mejor esta enseñanza, el mismo Jesús nos contará más adelante la historia del destino sempiterno del pobre Lázaro y del rico Epulón (ver Lc 16, 19-31). Mientras el primero, después de grandes padecimientos y miserias en esta vida, fue conducido por los ángeles al Cielo, el segundo, después de pasarla muy bien en este mundo, terminó en el infierno.

Ahora preguntémonos: ¿Qué enseñanzas nos dejan las cuatro “bienaventuranzas” y sus respectivos “ayes” o “maldiciones” para nuestra vida cristiana de hoy en día?   

La primera es que, a través de ellas, el Señor nos invita a no quedarnos en el nivel de lo superficial, sino a profundizar en las diversas situaciones de vida, enseñándonos Jesús que aquellas situaciones existenciales que nos parecen desfavorables, pueden ser en realidad favorables, y, por otra parte, que aquellas situaciones de vida que nos parecen favorables, pueden llegar a ser en definitiva nefastas.  

La segunda enseñanza que nos ofrecen, es una invitación a descubrir los verdaderos valores, que no son los que el mundo nos pregona y ofrece, sino más bien, los que Jesús nos propone en el Evangelio. Frente al afán por las riquezas, el amor a Dios, Uno y Trino, por encima de todo, unido con la generosidad y el compartir fraterno. Frente a las situaciones difíciles, no sucumbir ante el pesimismo, sino más bien tener coraje y esperanza. Y finalmente, cuando somos víctimas de injusticias, calumnias, maltratos, difamaciones y persecuciones, tener la capacidad de perdón y la confianza en que Dios hará justicia a sus elegidos.  

Queridos hermanos: El Señor no quiere nuestra pobreza material. Todo lo contrario. Él quiere que trabajemos por un mundo más justo y reconciliado donde levantemos a los pobres y les restituyamos su dignidad.

La pobreza a la que nos invita Jesús es de otra naturaleza. Ella consiste en tener una actitud de desprendimiento interior frente a los bienes perecederos del mundo, de tal manera que nuestro corazón este bien orientado a los verdaderos tesoros espirituales, como son la unión con Él por la fe, la esperanza y el amor, así como la vivencia de la caridad fraterna a través de la comunicación de bienes con los que sufren y pasan necesidad. Estas son las verdaderas riquezas que hacen grande al ser humano, y que el mundo materialista de hoy no acepta.   

Igualmente, tampoco quiere que suframos, pero nos pide que, cuando nos encontremos en dificultades o pruebas, en vez de desanimarnos o deprimirnos, debemos de llenarnos de esperanza, y confiar más en Él, con la seguridad que los sufrimientos de hoy en día no se comparan con lo que Él tiene reservado para aquellos que le aman (ver Rom 8, 18), y que nos ayudará a salir de estas situaciones adversas, y nos concederá dones y gracias maravillosas como premio a nuestra paciencia y confianza. Por eso dice Jesús: “Bienaventurados los que ahora tenéis hambre, porque quedaréis saciados. Bienaventurados los que ahora lloráis, porque reiréis”.

Y finalmente, cuando tengamos que hacer frente a situaciones de injusticia, persecución o calumnia, Jesús nos invita a que veamos en todo ello una ocasión de unirnos a su pasión y Cruz, ya que Él padeció la máxima de las injusticias: Él que era inocente, fue falsamente acusado, calumniado, condenado, y rechazado.

Si hoy estamos unidos a Él en estas pruebas, tengamos la certeza que al final nuestro justo Juez nos hará justicia y podremos gozar de una alegría que no tendrá fin, y de una gran recompensa en el Cielo.

Queridos hermanos: Las “bienaventuranzas”, “ayes” o “maldiciones” del Evangelio de hoy, son toda una invitación a purificar cada vez más nuestro corazón de esas tendencias que la espiritualidad católica, y en particular el apóstol San Juan, llaman “concupiscencias” (ver  1 Jn 2, 15-17). Debemos liberarnos de ellas para poder crecer en la fe, la esperanza y la caridad, es decir, en santidad.

Que María Santísima, la Mujer del corazón puro y lleno de amor a Dios y a los demás; la Mujer fuerte y fiel en el dolor, tanto en la prueba cotidiana como al pie de la Cruz; la Mujer que ahora ve colmada en el Cielo su alegría por la invicta esperanza que siempre tuvo durante su terreno peregrinar, nos alcance la gracia de ser bienaventurados, felices y dichosos, según el programa de vida de su Divino Hijo. Amén.  

San Miguel de Piura, 13 de febrero de 2022
VI Domingo del Tiempo Ordinario

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