HOMILÍA DEL ARZOBISPO METROPOLITANO EN EL IV DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO 2021

“Señor Jesús, profeta poderoso en palabras y obras, ábrenos a la esperanza y sálvanos”

Si el Domingo pasado nos presentaba la primera predicación del Señor, así como la vocación de sus primeros cuatro apóstoles, el Evangelio de este Domingo (ver Mc 1, 21-28), nos muestra la primera actividad de Jesús, que no fue otra sino la docencia o enseñanza. San Marcos lo hace con estas sencillas pero claras palabras: “Al llegar el sábado entró en la sinagoga y se puso a enseñar” (Mc 1, 21).

Con frecuencia, Jesús recibe en los Evangelios el título de “Maestro” y sus seguidores, es decir nosotros, el de “discípulos”. El mismo Señor reivindicó para sí este título cuando dijo: “Vosotros, en cambio, no os dejéis llamar «Rabbí», porque uno solo es vuestro Maestro; y vosotros sois todos hermanos” (Mt 23, 8).    

Ahora bien, la doctrina y la manera cómo Jesús enseñaba suscitaba asombro en sus oyentes, fundamentalmente por dos motivos: Por su autoridad y por su novedad. Así lo enfatiza San Marcos en su Evangelio de hoy: “Y quedaban asombrados de su doctrina, porque les enseñaba como quien tiene autoridad, y no como los escribas” (Mc 1, 22). ¿En qué se diferencia el modo de enseñar de Jesús del de los escribas? Los escribas enseñaban, pero sin una autoridad propia.

Efectivamente, ellos se basaban en una tradición recibida, es decir, en lo que dijeron antes que ellos Moisés y los demás profetas.  

Jesús en cambio, enseña como alguien que tiene autoridad por sí mismo. Él, es más que Moisés y todos los profetas. De esta manera se revela como el Hijo de Dios, y no como un simple hombre que debe basar su enseñanza en las tradiciones precedentes. Por eso, las gentes al oír a Jesús enseñar, admiradas se decían: “Es una enseñanza nueva, con autoridad”. Esto podemos confirmarlo de una manera más explícita en el Sermón de la Montaña, donde Jesús enseñando con potestad dice: “Habéis oído que se dijo a los antiguos…Pero yo os digo…”(ver Mt 5, 21-48). 

Cristo, enseña con autoridad y novedad porque el Señor es una nueva instancia de revelación. Más aún, porque Él lleva la revelación a su plenitud. Por eso afirmamos que Jesús revela plenamente el misterio de Dios, como Uno y Trino, así como el misterio del hombre. Al respecto de esto último, el Concilio Vaticano II afirma: “Él, manifiesta plenamente el hombre al propio hombre y le descubre la sublimidad de su vocación”.[1] Por eso, todas las verdades encuentran en Cristo su fuente y culmen, porque el que está hablando y enseñando es nada menos que la Verdad misma. Y la Verdad tiene la plenitud de la autoridad que se impone por si sola. El mismo Señor explicó con estas palabras la razón de su venida al mundo: “Yo para esto he nacido y para esto he venido al mundo: Para dar testimonio de la Verdad. Todo el que es de la Verdad escucha mi voz” (Jn 18, 37), porque “Yo soy la Verdad” (Jn 14, 6).

No olvidemos ni por un instante que Jesús, es el Verbo de Dios encarnado, y que por tanto cuando Él habla y actúa, es la Palabra de Dios la que está enseñando y obrando. Jesús, es la Palabra definitiva de salvación de Dios a los hombres, porque entregándose en persona ha mostrado el verdadero rostro del Padre. De ahí la importancia de obedecer el pedido de Dios Padre en el acontecimiento de la Transfiguración: “Este es mi Hijo amado, en quien me complazco; escuchadle” (Mt 17, 5).

En el Antiguo Testamento, eran muchas las formas como Dios se manifestaba y se acercaba a su Pueblo. Entre éstas están las visiones y las profecías. En cambio, en el Nuevo Testamento, es en Cristo, su Verbo eterno encarnado, donde el Padre hace resonar su Palabra definitiva y concluyente por la acción del Espíritu Santo. Por eso, San Juan de la Cruz afirmará que, habiéndonos hablado en su Hijo, “Dios ha quedado como mudo y no tiene más que hablar; ya lo ha hablado todo, dándonos al Todo que es su Hijo”.[2]

En este punto de nuestra reflexión dominical preguntémonos: ¿Escuchamos la voz de Jesús que la Iglesia en su nombre nos enseña y la acogemos con docilidad y mansedumbre en nuestra vida? ¿O más bien endurecemos el corazón y la desoímos? En los actuales tiempos que vivimos, ¿nos dejamos llevar a la deriva por cualquier viento de doctrina o por el relativismo imperante que no reconoce nada como definitivo y que deja como última medida sólo al propio yo y sus antojos y engreimientos?

El verdadero cristiano o discípulo de Cristo, jamás sigue las olas de la moda y la última novedad ideológica, sino que hace de Jesús, el Hijo de Dios y hombre verdadero, la medida de su vida, consciente que la amistad con Cristo lo abre al verdadero humanismo, y con ello a todo lo bueno que hay en la vida, dándole el criterio para discernir entre lo verdadero y lo falso, entre el engaño y la verdad. No tengamos miedo de que por ello, y por tener una fe clara según el Credo de la Iglesia, nos ataquen y apliquen la etiqueta de “fundamentalistas”.[3]

Pero de otro lado, Jesús se revela también poderoso en las obras que realiza. San Marcos nos relata en el Evangelio de hoy que: “Había precisamente en su sinagoga un hombre poseído por un espíritu inmundo, que se puso a gritar: «¿Qué tenemos nosotros contigo, Jesús de Nazaret? ¿Has venido a destruirnos? Sé quién eres Tú: el Santo de Dios». Jesús, entonces, le conminó diciendo: «Cállate y sal de él». Y agitándole violentamente el espíritu inmundo, dio un fuerte grito y salió de él. Todos quedaron pasmados de tal manera que se preguntaban unos a otros: «¿Qué es esto? ¡Una doctrina nueva, expuesta con autoridad! Manda hasta a los espíritus inmundos y le obedecen»” (Mc 1, 23-27).

En el diálogo con el espíritu inmundo, advertimos que éste reconoce a Jesús como el “Santo de Dios” que tiene el poder. Todos los presentes en la sinagoga observaban y se decían asombrados: “Manda a los espíritus inmundos y le obedecen” (Mc 1, 27). Esto quiere decir que sólo Jesús vence al demonio.

Para esto vino Cristo al mundo: Para liberarnos de la esclavitud del demonio y del pecado por medio de la gracia y la verdad, porque: “La Ley nos fue dada por medio de Moisés; la gracia y la verdad nos vinieron por medio de Jesucristo” (Jn 1, 17).

Al curar al hombre poseído por un espíritu inmundo, el poder de Jesús confirma su autoridad. Cristo no se limita a decir palabras, sino que también actúa y lo hace con milagros y prodigios. De este modo manifiesta el Plan de Salvación de Dios con palabras y acciones milagrosas. Los milagros de Cristo son la manifestación del amor salvífico de Dios por nosotros. Los milagros de Jesús, son la garantía y la confirmación de su palabra y predicación, pues predicación y obras van íntimamente unidas. Además, los milagros son signos inequívocos de la llegada del Reino de Dios a nosotros. Con los milagros que realiza, Jesús nos manifiesta el amor misericordioso de Dios por nosotros, que quiere liberarnos del pecado, de la muerte y de la enfermedad. Es decir, de todo mal.

Escuchemos lo que al respecto del Evangelio de hoy nos dice nuestro querido Papa Francisco: “El poder de Jesús confirma la autoridad de su enseñanza. Él no pronuncia solo palabras, sino que actúa. Así manifiesta el proyecto de Dios con las palabras y con el poder de las obras. En el Evangelio, de hecho, vemos que Jesús, en su misión terrena, revela el amor de Dios tanto con la predicación como con innumerables gestos de atención y socorro a los enfermos, a los necesitados, a los niños, a los pecadores. Jesús es nuestro Maestro, poderoso en palabras y obras. Jesús nos comunica toda la luz que ilumina las calles, a veces oscuras, de nuestra existencia; nos comunica también la fuerza necesaria para superar las dificultades, las pruebas, las tentaciones. ¡Pensemos en la gran gracia que es para nosotros haber conocido a este Dios tan poderoso y bueno! Un maestro y un amigo, que nos indica el camino y nos cuida, especialmente cuando lo necesitamos. Que la Virgen María, mujer de escucha, nos ayude a hacer silencio alrededor y dentro de nosotros, para escuchar, en el estruendo de los mensajes del mundo, la palabra con más autoridad que hay: La de su Hijo Jesús, que anuncia el sentido de nuestra existencia y nos libera de toda esclavitud, también de la del Maligno”.[4]

A Jesús, profeta poderoso en palabras y obras, le dirigimos nuestra oración humilde y confiada en esta hora difícil y dramática que vivimos en Piura y Tumbes, y en el Perú entero, con la confianza de que puede sanarnos y librarnos con su poder de la pandemia que hoy rebrota con fuerza. Por eso con fe le decimos: 

Del poder de Satanás y de las seducciones del mundo,
Líbranos, Señor.

Del orgullo y de la presunción de poder prescindir de ti,
Líbranos, Señor.

De los engaños del miedo y de la angustia,
Líbranos, Señor.

De la incredulidad y de la desesperación,
Líbranos, Señor.

De la dureza de corazón y de la incapacidad de amar,
Líbranos, Señor.

De todos los males que afligen a la humanidad,
Sálvanos, Señor.

Del hambre, de la escasez, del desempleo y del egoísmo,
Sálvanos, Señor.

De las enfermedades, de las epidemias y del miedo,
Sálvanos, Señor.

De los intereses despiadados y de la violencia,
Sálvanos, Señor.

De los engaños, de la información maligna y de la manipulación de las conciencias,
Sálvanos, Señor.

Mira a tu Iglesia que atraviesa el desierto,
Consuélanos, Señor.

Mira a la humanidad, aterrorizada del miedo y de la angustia,
Consuélanos, Señor.

Mira a nuestros enfermos y moribundos, agobiados por la soledad,
Consuélanos, Señor.

Mira a los médicos y a los operadores sanitarios, extenuados por el cansancio,
Consuélanos, Señor.

Mira a los políticos y a los gobernantes, inspírales sabiduría y fortaleza para que venzan toda negligencia e indolencia,
Consuélanos, Señor.

En la hora de la prueba y de la desorientación,
Danos tu Espíritu, Señor.

En la tentación y en la fragilidad,
Danos tu Espíritu, Señor.

En el combate contra el maligno, el pecado y todo mal,
Danos tu Espíritu, Señor.

En la búsqueda del verdadero bien y de la verdadera alegría,
Danos tu Espíritu, Señor.

En la decisión de permanecer en Ti y en tu amistad,
Danos tu Espíritu, Señor.

Si el pecado nos oprime,
Ábrenos a la esperanza, Señor.

Si el egoísmo nos cierra el corazón,
Ábrenos a la esperanza, Señor.

Si el dolor y la enfermedad nos visitan,
Ábrenos a la esperanza, Señor.

Si la indiferencia nos angustia,
Ábrenos a la esperanza, Señor.

Si la muerte nos aplasta,
Ábrenos a la esperanza en la vida eterna, Señor. Amén.[5]

San Miguel de Piura, 31 de enero de 2021
IV Domingo del Tiempo Ordinario 

[1] Constitución Pastoral Gaudium et spes, n. 22.

[2] San Juan de la Cruz, Subida al Monte Carmelo, Libro 2, Cap. 22, N. 4.

[3] Card. Joseph Ratzinger, Homilía Pro Eligendo Romano Pontifice, 18-IV-2005.

[4] S.S. Francisco, Angelus, 28-I-2018.

[5] Ver S.S. Francisco, Letanías de Súplicas ante la Epidemia del Coronavirus, 27-III-2020.

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domingo 31 enero, 2021