HOMILÍA DEL ARZOBISPO METROPOLITANO EN EL IV DOMINGO DE ADVIENTO 2022

“Jesús nos salvará de nuestros pecados”

IV Domingo de Adviento

Se acerca la Navidad. Las lecturas de la Misa de hoy, IV Domingo de Adviento, y en particular el Evangelio (ver Mt 1, 18-24), tienen por finalidad revelarnos la identidad de Quién es el que pronto va a nacer, después de haber sido largamente esperado por Israel y por la humanidad entera.

Esta semana final del Adviento, busca ayudarnos a fijar nuestra mirara de fe en el hecho más importante de la historia: La Encarnación-Nacimiento del Hijo de Dios, de Santa María, la Virgen. En ese momento toda la historia alcanzó su plenitud, porque la eternidad entró en la historia humana: “Al llegar la plenitud de los tiempos, envió Dios a su Hijo, nacido de mujer, nacido bajo la ley, para rescatar a los que se hallaban bajo la ley, y para que recibiéramos la filiación adoptiva” (Gal 4, 4-5).

Podríamos preguntarnos: ¿Por qué el misterio de la Encarnación es tan importante o, mejor dicho, decisivo para nuestras vidas y para la humanidad? Más aún: ¿Por qué los hijos de la Iglesia, debemos peregrinar siempre por este mundo con los ojos fijos en la Encarnación del Hijo de Dios?

“El nacimiento de Jesús en Belén no es un hecho que se pueda relegar al pasado. Ante el Señor Jesús se sitúa la historia entera: nuestro hoy y el futuro del mundo son iluminados por su presencia. Él es «el que vive» (Ap 1, 18), «Aquel que es, que era y que va a venir» (Ap 1, 4). Ante Él debe doblarse toda rodilla en los cielos, en la tierra y en los abismos, y toda lengua debe proclamar que Él es el Señor (ver Flp 2, 10-11). Al encontrar a Cristo, todo hombre descubre el misterio de su propia vida. [1]

En otras palabras, el misterio de la Encarnación es determinante para nuestras vidas, porque el Señor Jesús es el Único Salvador del mundo, ayer, hoy y siempre. En Él, toda la historia humana encuentra su sentido y su vía de plenitud y realización. En Él, todo ser humano encuentra la respuesta a la gran pregunta de la existencia: ¿Quién soy yo? Como enseña el Concilio Vaticano II, Jesús, “manifiesta plenamente el hombre al propio hombre y le descubre la sublimidad de su vocación”.[2] Jesús, es la Puerta de la Salvación, la Puerta de la Vida, la Puerta de la Paz. Sin el nacimiento de Jesucristo, la historia todavía estaría carente de sentido. Por eso cada año celebramos el Nacimiento del Salvador con profunda alegría. Este es el gran mensaje que nos aprestamos a celebrar la Noche Santa de la Navidad, misterio que celebraremos en apenas una semana.

El Evangelio de hoy (ver Mt 1, 18-24), nos narra la hermosa escena de la Anunciación de San José, a través de la cual se busca iluminar el misterio de la generación del Señor Jesús.

Por eso el relato comienza de la siguiente forma: “La generación de Jesucristo fue de esta manera: Su madre, María, estaba desposada con José y, antes de empezar a estar juntos ellos, se encontró encinta por obra del Espíritu Santo” (Mt 1, 18).

Desde el comienzo del relato se nos hace saber que esta gravidez ocurrió sin concurso de varón, y por tanto se nos asevera la concepción divina y virginal de María Santísima. De todas las obras maravillosa realizadas por el Espíritu Santo, sin lugar a dudas podemos afirmar que, la más extraordinaria y hermosa es la Encarnación de Verbo Eterno del Padre en las entrañas inmaculadas y virginales de Santa María. María, estaba llamada a ser Virgen y Madre de Dios a la vez. Este es el gran milagro que obra el Espíritu Santo en Ella, con el concurso de su fe y obediencia libres[3]:“Dijo María: He aquí la esclava del Señor; hágase en mí según tu palabra” (Lc 1, 38).

Pero su esposo San José no lo sabía, por eso el relato continúa diciéndonos: “Su marido José, como era justo y no quería ponerla en evidencia, resolvió repudiarla en secreto[4]. Así lo tenía planeado, cuando el Ángel del Señor se le apareció en sueños y le dijo: José, hijo de David, no temas tomar contigo a María tu mujer porque lo engendrado en ella es del Espíritu Santo” (Mt 1, 19-20).

En seguida el relato de nuestro Evangelio explica de dónde viene el nombre de “Jesús”. El ángel le dijo a José: “(María) dará a luz un hijo, y tú le pondrás por nombre Jesús, porque Él salvará a su pueblo de sus pecados” (Mt 1, 21). De esta manera se continua con la tradición bíblica de imponer el nombre según la misión a desempeñar. En el caso del Señor, el nombre que José debía dar al niño en hebreo suena así: “Yehoshua”, que quiere decir “Yahveh salva”, pero el Ángel precisa que se trata de la “salvación del pecado”. Ciertamente el único que puede hacer esto es el mismo Dios. Por tanto, el Niño que va a nacer de Santa María, la Virgen, es Dios mismo.  

Después de explicarnos la generación del Señor Jesús, nuestro Evangelio dominical concluye afirmándonos que de esta manera se han cumplido las profecías. Que Dios ha dado cumplimiento a su promesa de salvación: “Todo esto sucedió para que se cumpliese el oráculo del Señor por medio del profeta: Ved que la Virgen concebirá y dará a luz un hijo, y le pondrán por nombre Emmanuel, que traducido significa: Dios con nosotros” (Mt 1, 22-23). San Mateo quiere destacarnos que María, no sólo concibió y dio a luz virginalmente, sino que Ella merece ser llamada “Virgen” porque lo fue siempre. No hay que olvidar que hay cuatro dogmas marianos: La Maternidad Divina de María, su Inmaculada Concepción, su Gloriosa Asunción a los Cielos, y la Perpetua Virginidad de María. Este último fue definido en el Segundo Concilio de Constantinopla (553 d.C.), y le otorgó a María el título de “siempre virgen” (aeiparthenos). En él, define que María fue virgen antes, durante y después del parto y no tuvo otros hijos.

Este dogma mariano afirma, por tanto, la “real y perpetua virginidad incluso en el acto de dar a luz el Hijo de Dios hecho hombre”. Como dogma, es una verdad de fe en la cual todo debemos de creer y asentir.  

Nuestro Evangelio concluye con esta hermosa descripción de la personalidad religiosa de San José: “Despertado José del sueño, hizo como el Ángel del Señor le había mandado, y tomó consigo a su mujer” (Mt 1, 24). El Evangelio no recoge de San José ninguna palabra de respuesta, pero su actitud y su forma de proceder es más que elocuente, es todo un lenguaje cargado de fe, de amor, de obediencia, de generosidad. San José es modelo acabado y perfecto de fidelidad y obediencia a los planes de Dios, de una fidelidad y obediencia nutridas de amor, pues de lo contrario la fidelidad y la obediencia no son tales.

No nos olvidemos que el Evangelio define a San José como un “hombre justo” (ver Mt 1, 19). “Justo”, no significa persona minuciosa y rigurosa en el cumplimiento de la ley judía, como eran los letrados y fariseos. “Justo” tampoco significa persona más o menos buena. “Justo”, es aquel que está abierto a Dios, Comunión de Amor. Es la persona que sabe ver con asombro la acción de Dios en su vida y en el mundo. “Justo”, es la persona que respeta el designio divino y que acoge reverente las exigencias del Plan de Dios en la propia vida. Este, es San José. Por eso apenas Dios le revela sus planes en sueños, despertando, “hizo como el Ángel del Señor le había mandado, y tomó consigo a su mujer” (Mt 1, 24). Junto con Isaías, y San Juan el Bautista, San José es uno de los grandes protagonistas del Adviento.

Pero por encima de ellos, destaca la Bienaventurada Virgen María. Su fe, su pureza, su fidelidad a Dios, su expectación amante del parto que, celebramos el 18 de diciembre con la fiesta de “Nuestra Señora de la Esperanza” o también llamada de “Nuestra Señora de la O”, aparecen ante nuestros ojos de fe como un camino luminoso para salir y acoger al Señor Jesús el día de su nacimiento en el humilde portal de Belén. Pero, todos los protagonistas del Adviento, incluida Santa María, no han sido más que un camino a recorrer para poder llegar a Jesús, el único Salvador, quien debe ocupar toda nuestra atención, fe y amor.

San Miguel de Piura, 18 de diciembre de 2022
IV Domingo de Adviento

San José, Custodio del Redentor y Castísimo Esposo de la Virgen María

[1] San Juan Pablo II, Bula Incarnationis mysterium de Convocación al Gran Jubileo del Año 2000, n. 1.

[2] Constitución Pastoral, Gaudium et spes, n. 22.

[3] “María no fue un instrumento puramente pasivo en las manos de Dios, sino que cooperó a la salvación de los hombres con fe y obediencia libres” (Constitución Dogmática Lumen gentium n. 56.)

[4] El Padre Ignace de la Potterie S.J., en su obra “María en el Misterio de la Alianza” (ver pág. 56), nos hace una mejor traducción de la parte introductoria de este pasaje evangélico, cuando traduce con notable autoridad de exégeta: “José, su esposo, como fuese justo, y no quisiese revelar su misterio, resolvió separarse de ella secretamente”.

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