HOMILIA DEL ARZOBISPO METROPOLITANO EN EL IV DOMINGO DE ADVIENTO 2021

“María, la Madre del Señor, la Madre de Dios”

Los cuatro cirios encendidos en nuestra Corona de Adviento, nos indican que la Navidad está muy cerca, que Jesús pronto nacerá de María, la Virgen. En estos días, la preparación inmediata a la celebración de la Navidad deja en segundo plano – sin olvidarlo totalmente – el carácter escatológico del Adviento.

En este IV Domingo de Adviento aparece nuevamente la figura de Santa María, la Madre de Dios y de la Iglesia. Digo nuevamente, porque durante el tiempo del Adviento, la liturgia celebra con frecuencia, y de modo ejemplar a la Virgen María. Efectivamente, no hace pocos días hemos celebrado el don de su Inmaculada Concepción, así como la hermosa fiesta de Santa María de Guadalupe, Emperatriz de América. Más aún, el Adviento exalta la actitud de fe y de humildad con que la obediente Virgen de Nazaret se adhirió de manera total y pronta al plan salvífico de Dios. Este tiempo litúrgico, subraya su presencia en los acontecimientos de gracia que precedieron el nacimiento del Salvador. Por eso San Paulo VI afirmaba: “Al considerar el inefable amor con que la Virgen Madre esperó al Hijo, nos sentimos animados a tomarla como modelo y a prepararnos, vigilantes en la oración y jubilosos en la alabanza, para salir al encuentro del Salvador que viene”.[1]

El Evangelio de hoy nos trae la hermosa y conmovedora escena de la Visitación de María Santísima a su prima Santa Isabel (ver Lc 1, 39-45). Nuestro relato evangélico comienza con estas palabras: “En aquellos días, se levantó María y se fue con prontitud a la región montañosa, a una ciudad de Judá; entró en casa de Zacarías y saludó a Isabel” (Lc 1, 39-40). ¿Por qué María se levanta y se dirige con prisa donde su prima Isabel? La actitud de María es la reacción natural y espontánea ante lo que le había dicho el arcángel San Gabriel en la Anunciación: “Mira, también Isabel, tu pariente, ha concebido un hijo en su vejez, y este es ya el sexto mes de aquella que llamaban estéril, porque ninguna cosa es imposible para Dios” (Lc 1, 36-37).

María se dirige presurosa, porque siente la necesidad de felicitarse con su pariente por tan buena noticia. La mujer joven y llena de vida se felicita con su anciana prima, porque Dios se ha mostrado bondadoso y misericordioso con ella al concederle el don de la maternidad en su ancianidad. Además, no nos olvidemos que María es la mujer del servicio, es decir, de la caridad hecho gesto concreto. Ella se da cuenta que Isabel debe necesitar de su ayuda, ya que no sólo era una mujer anciana encinta, sino que además estaba en el tramo final antes de dar a luz. Así es nuestra Madre Santa María: Siempre atenta a nuestras necesidades. Siempre pronta a servirnos y auxiliarnos en todo momento.

El encuentro de María e Isabel, tiene algo de especial y único. Las dos mujeres se encuentran esperando un hijo: Jesús, recién concebido por obra y gracia del Espíritu Santo en el seno de María, y Juan el Bautista, ya de seis meses en el seno de Isabel.

Ahora bien, lo extraordinario es que uno es hijo de una joven “virgen” y el otro es hijo de una anciana “estéril”. Como le había dicho el arcángel San Gabriel a María, “ninguna cosa es imposible para Dios” (Lc 1, 37). Como reflexionábamos el domingo pasado, se puede afirmar que no sólo el pasaje de la Visitación es el encuentro entre dos mujeres encinta, sino además el auténtico encuentro entre dos niños por nacer: El Señor Jesús, Hijo de Dios y de María Santísima, y San Juan Bautista, hijo de Zacarías e Isabel, y por tanto de la inviolabilidad y sacralidad de la vida humana desde la concepción hasta su fin natural. Esto lo corrobora lo que nos describe nuestro Evangelio dominical: “En cuanto oyó Isabel el saludo de María, saltó de gozo el niño en su seno” (Lc 1, 41). Desde el seno de su madre, Juan el Bautista reconoce a su Señor y exulta de gozo. Podemos afirmar que, desde este primer encuentro de Juan con Cristo, él queda consagrado como profeta. Pero nuestro relato dominical no concluye ahí, sino que nos cuenta que, ante el saludo de María, “Isabel quedó llena del Espíritu y exclamando con gran voz dijo” (Lc 1, 41-42). Estas dos expresiones: “quedó llena del Espíritu” y “exclamó con fuerte voz”, nos advierten que a las palabras que va a pronunciar Isabel, hay que darles todo su peso y valor, porque serán palabras inspiradas por el mismo Dios. En primer lugar, Isabel dice de María: “Bendita tú entre las mujeres y bendito el fruto de tu seno” (Lc 1, 42). En virtud de una iluminación superior, Isabel comprende la grandeza de María que, más que Yael y Judit[2], mujeres que la prefiguraron en el Antiguo Testamento, es bendita entre todas por el fruto de su seno, Jesús, el Mesías.    

“Bendita tú entre las mujeres y bendito el fruto de tu vientre”. Esta es la alabanza que, desde la Visitación, nosotros los católicos repetimos sin cesar muchas veces a lo largo del día cada vez que recitamos el Ave María.

Inmediatamente después Isabel agrega: “¿De dónde a mí que la Madre de mi Señor venga a mí?” (Lc 1, 43). Esta frase adquiere gran importancia si pensamos que aquella que la pronuncia es una anciana y está dirigida a una joven. Isabel no se considera digna de esta visita, precisamente porque la que viene a su encuentro a servirla, tanto en las cosas divinas como humanas, es nada menos que “la Madre de mi Señor”, lo que en la mentalidad religiosa de Israel significa “la Madre de Dios”. Las palabras inspiradas por el Espíritu Santo que Isabel pronuncia, son toda una profesión de fe en la maternidad divina de Santa María, la Virgen. Una confirmación de esto se encuentra en la continuación de lo dicho por Isabel: “¡Feliz la que ha creído, que se cumplirían las cosas que le fueron dichas de parte del Señor!” (Lc 1, 45).

Queridos hermanos: La grandeza y la alegría de María tienen su origen en el hecho de que Ella es la que cree. Santa María, es la creyente por excelencia, la que se fía totalmente de Dios, la que se abandona enteramente a su Palabra, la que acoge siempre con un corazón generoso la voluntad de Dios en su vida, sea en la alegría como en el dolor. Isabel, con su exclamación llena de admiración, nos invita a apreciar todo lo que la presencia de la Virgen trae como don a la vida de cada creyente, es decir, a nuestra vida.

Dentro de pocos días celebraremos el gran misterio del Nacimiento del Hijo de Dios en Belén, ocurrido hace más de dos mil años, pero renovado y hecho presente hoy en día por el misterio de la liturgia.

En esta semana final de preparación a la Navidad, nuestra actitud debe ser la de exultar, como hizo San Juan Bautista en el vientre de su madre cuando vino a él Jesús en el seno de María. Asimismo, nuestra actitud en estos días debe de ser la de perseverar en la oración en compañía de Santa María, en especial por medio del rezo del Santo Rosario. Rezándolo, le daremos las gracias por el “Sí” generoso e incondicional que, en nombre de toda la creación, dio a la iniciativa reconciliadora de Dios. No olvidemos que el elemento más extenso del Rosario es el “Ave María”, que nos recuerda el misterio de la Encarnación. Misterio que hizo posible todos los demás misterios de la vida del Señor. Abriendo de par en par su corazón, María hizo posible, gracias a su gran fe, al “Dios con nosotros”, iniciando así el camino del cumplimiento de las promesas del Señor, las que llegarán a su plenitud en la parusía, es decir, el día de la venida definitiva del Señor Jesús al final de los tiempos.

De otro lado, la fe de María, su obediencia traspasada de amor, así como su cooperación activa con los planes de Dios desde su libertad poseída, son todo un modelo para nosotros de lo que debe ser nuestra respuesta a los planes del Señor en nuestra vida.

Finalmente, en la Visitación, la Virgen lleva a la madre del Bautista, a Cristo que derrama el Espíritu Santo. Por tanto, el amor filial a Santa María, será siempre el mejor medio para encontrar a Jesús y el don de su Espíritu, que todo lo hace nuevo (ver Ap 21, 5).

San Miguel de Piura, 19 de diciembre de 2021
IV Domingo de Adviento

[1]   San Paulo VI, Exhortación apostólica, Marialis Cultus, n. 3.

[2] Ver Jueces 4, 17-21 y 5, 24-27; Judit 13, 1-20.

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