HOMILÍA DEL ARZOBISPO METROPOLITANO EN EL III DOMINGO DE ADVIENTO 2022

¡Estemos siempre alegres en el Señor!

III Domingo de Adviento o de Gaudete 

Estamos ya en el corazón del Adviento, y la Liturgia de este III Domingo comienza a orientarnos al gozo de la Navidad ya cercana. Este Domingo, es también conocido como de “Gaudete” o de la “Alegría”, alegría simbolizada en el color rosa de las vestiduras litúrgicas de la Santa Misa de hoy. Ya desde la antífona de entrada de la Eucaristía, San Pablo nos invita a estar contentos: “Estad siempre alegres en el Señor; os lo repito, estad alegres…El Señor está cerca” (Flp 4, 4-5). Ahora bien, no se trata de, “una alegría superficial o puramente emotiva a la que nos exhorta el apóstol, y ni siquiera una mundana o la alegría del consumismo. No, no es esa, sino que se trata de una alegría más auténtica, de la cual estamos llamados a redescubrir su sabor”.[1] Es la alegría que brota de sabernos amados por Dios, al punto que Él mismo en persona viene a salvarnos. Estemos alegres, porque pronto será Navidad. Estemos alegres, porque pronto el Señor Jesús vendrá de nuevo con gloria, para juzgar a vivos y muertos, y su Reino no tendrá fin.

Que los pesebres que en estos días comenzamos a poner con ilusión en nuestros hogares, iglesias, plazas y calles, sean una invitación para hacer un lugar, en nuestro corazón y en nuestra sociedad, al Señor que pronto nacerá de la Virgen María, Madre del verdadero Dios por quien se vive.

Que los belenes navideños, sean también una invitación a acoger a Jesús escondido en el rostro de tantas personas que están en condiciones de pobreza, sufrimiento y abatimiento.

El Evangelio de hoy (ver Mt 11, 2-11), responde a dos inquietudes que no son sólo del pueblo de Israel, sino también nuestras: Quién es Jesús, y quién es San Juan el Bautista. Preso en la cárcel a punto de ser martirizado, Juan envía a unos discípulos suyos a donde el Señor para que le pregunten si Él es el Mesías: “Juan, que en la cárcel había oído hablar de las obras de Cristo, envió a sus discípulos a decirle: ¿Eres tú el que ha de venir, o debemos esperar a otro?” (Mt 11, 2-3).

La humanidad entera, y no sólo Israel, estaba esperando con ansías al Salvador: ¿Eres tú el que ha de venir? La respuesta del Señor, más que basada en largos discursos, se basa en los hechos, es decir, en los signos o milagros que viene realizando: “Id y contad a Juan lo que oís y veis: Los ciegos ven y los cojos andan, los leprosos quedan limpios y los sordos oyen, los muertos resucitan y se anuncia a los pobres la Buena Nueva” (Mt 11, 4-5). Ya Isaías había profetizado que éstas serían las señales que acompañarían al Mesías, al Esperado de los tiempos (ver Is 35, 4-6). La respuesta de Jesús no puede entonces ser más clara: El Reino de Dios ya está presente, y Él es el Salvador prometido por el Padre, que espera ser acogido por nuestra fe. Si así lo hacemos, Él nos liberará del pecado y nos dará vida verdadera y eterna. Nos devolverá la posibilidad de oír, de comprender, y de marchar por los caminos de la vida con Dios-Amor.

Jesús, es a la vez médico corporal y espiritual quien, por medio de su Palabra de vida, y de la gracia de los Sacramentos que la Iglesia celebra en su nombre, sana, da luz y nos resucita en el espíritu.  

En el Adviento, la Iglesia nos sigue repitiendo las palabras del Bautista: “En medio de vosotros está uno a quien no conocéis” (Jn 1, 26). El Adviento hace posible que cada año podamos redescubrir con asombro la presencia salvadora del Señor Jesús en nuestras vidas, y que en las celebraciones litúrgicas podamos hallar esa presencia y experimentarla en nuestros corazones, muchas veces cerrados al Amor de Dios, por culpa del pecado y de las seducciones del mundo.

Pero el Evangelio no concluye ahí. Jesús aprovecha esta visita de los discípulos de Juan para revelar quién es su primo: Es más que un Profeta, es el mensajero que prepararía el camino al Mesías. Es Aquel que lo anunciaría ya próximo, y después lo señalaría entre los hombres (ver Jn 1, 29-34). Por eso San Juan el Bautista es el más grande entre los nacidos de mujer, aunque es el más pequeño en el Reino de los Cielos, por ser la puerta con que se cierra el Antiguo Testamento: “Cuando éstos se marchaban, se puso Jesús a hablar de Juan a la gente: ¿Qué salisteis a ver en el desierto? ¿Una caña agitada por el viento? ¿Qué salisteis a ver, si no? ¿Un hombre elegantemente vestido? ¡No! Los que visten con elegancia están en los palacios de los reyes. Entonces ¿a qué salisteis? ¿A ver un profeta? Sí, os digo, y más que un profeta. Este es de quien está escrito: He aquí que yo envío mi mensajero delante de ti, que preparará por delante tu camino. En verdad os digo que no ha surgido entre los nacidos de mujer uno mayor que Juan el Bautista; sin embargo, el más pequeño en el Reino de los Cielos es mayor que él” (Mt 11, 7-11).  

Finalmente, hay una frase de Jesús en el Evangelio de hoy que no podemos dejar de meditar: “Dichoso aquel que no halle escándalo en Mí!” (Mt 11, 6). Es decir, dichoso aquel para quien Yo, Jesús de Nazaret, no sea una piedra de obstáculo en el camino de su vida. En este III Domingo de Adviento preguntémonos: ¿Jesús me escandaliza con su Persona y enseñanzas? ¿Sus palabras me resultan demasiado duras y exigentes? ¿Arranco de su Evangelio las páginas que me incomodan, y me quedo sólo con las que me convienen y gustan? Es decir, ¿vivo un cristianismo a mi medida y conveniencia? ¿Me proclamo hijo de la Iglesia, pero estoy en desacuerdo con algunas enseñanzas de su Magisterio? ¿Me resulta escandalosa la doctrina de la Iglesia en favor de la vida cuando condena el aborto y la eutanasia, o cuando proclama la santidad del matrimonio entre un varón y una mujer, único fundamento de la familia? ¿Me escandalizo de su Magisterio Social, y de sus principios que son la defensa de la dignidad de la persona humana, la primacía del bien común, la solidaridad y la subsidiariedad?  

El Adviento es tiempo para acoger a Jesús, pero acogerlo integralmente, con toda la radicalidad de su Persona y mensaje, así como San Juan, quien no se escandalizó de Él, y por eso murió mártir por defender la pureza y santidad de la unión matrimonial (ver Mt 14, 1-12). Nunca hay que olvidar que no es el mundo el que juzga al Evangelio, sino el Evangelio al mundo. El testimonio de vida de San Juan el Bautista, nos reclama coherencia de vida cristiana y valiente testimonio de la fe que profesamos.

Finalmente, nuestro querido Papa Francisco nos dice sobre este III Domingo de Adviento o Domingo de “Gaudete”, o de la “Alegría”:  “La Navidad está cerca, los signos de su aproximarse son evidentes en nuestras calles y en nuestras casas; también aquí en la Plaza (de San Pedro) se ha puesto el pesebre con el árbol al lado. Estos signos externos nos invitan a acoger al Señor que siempre viene y llama a nuestra puerta, llama a nuestro corazón, para estar cerca de nosotros. Nos invitan a reconocer sus pasos entre los de los hermanos que pasan a nuestro lado, especialmente los más débiles y necesitados. Hoy estamos invitados a alegrarnos por la llegada inminente de nuestro Redentor; y estamos llamados a compartir esta alegría con los demás, dando consuelo y esperanza a los pobres, a los enfermos, a las personas solas e infelices. Que la Virgen María, la «sierva del Señor», nos ayude a escuchar la voz de Dios en la oración y a servirle con compasión en los hermanos, para llegar preparados a la cita con la Navidad, preparando nuestro corazón para acoger a Jesús”.[2]

San Miguel de Piura, 11 de diciembre de 2022
III Domingo de Adviento o de Gaudete 

[1] S.S. Francisco, Angelus, 11-XII-2016.

[2] Allí mismo.

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