HOMILÍA DEL ARZOBISPO METROPOLITANO EN EL III DOMINGO DE ADVIENTO 2021

“Estemos siempre alegres y a la espera del Señor”

Estamos ya en el corazón del Adviento, y la liturgia de este III Domingo está toda impregnada por el gozo de la Navidad ya cercana. A este Domingo también se le conoce como Domingo de Gaudete, palabra latina que significa “regocíjense”, alégrense” o “estén alegres”. 

A esa alegría nos ha invitado el profeta Sofonías en la primera lectura de hoy (ver Sof 3, 14-18), una alegría que brota de vernos perdonados, amados, y de saber que Dios mismo está en medio de nosotros, salvándonos y alejando de nuestras vidas todo temor e incertidumbre. Por este motivo la Iglesia cambia hoy el color morado, propio del Adviento, por el rosado, para animarnos a continuar con más esperanza e ilusión, la preparación de la Solemnidad de la Natividad del Señor, porque Jesús está cada vez más cerca.

Sí queridos hermanos, a pesar de los problemas políticos y sociales que vive nuestro país; a pesar de la pandemia que aún no nos deja, estemos alegres, porque muy pronto nacerá de María, la Virgen, el Salvador que tanto necesitamos y aguardamos. Estemos alegres, porque pronto será Navidad, y el mismo Dios viene a visitarnos. La alegría, junto con la esperanza, nacen de sabernos amados por Él. Tanto nos ama, que por nosotros viene a la tierra, y como un rocío bienhechor, el Redentor viene a traer vida a este mundo pecador.

Este llamado a la alegría, “encuentra su pleno significado en el momento de la Anunciación a María, narrada por el evangelista Lucas. Las palabras que le dirige el ángel Gabriel a la Virgen son como un eco de las del profeta. Y ¿Qué dice el arcángel Gabriel? «Alégrate, llena de gracia, el Señor está contigo» (Lucas 1, 28). «Alégrate», dice a la Virgen. En una aldea perdida de Galilea, en el corazón de una joven mujer desconocida para el mundo, Dios enciende la chispa de la felicidad para todo el mundo”.[1]

También el Apóstol San Pablo, en la segunda lectura de hoy domingo (ver Flp 4, 4-7), nos exhorta a estar siempre alegres y a no angustiarnos y desesperarnos por nada, sino a presentarle a Dios, en toda circunstancia, nuestras peticiones, necesidades y preocupaciones, mediante la oración y la súplica, porque Él nos ama, porque Él se interesa siempre por nosotros. Por eso, confiémosle en todo momento nuestras preocupaciones, pues Él cuida de nosotros (ver 1 Pe 5, 7). “Ser conscientes que en medio de las dificultades podemos siempre dirigirnos al Señor, y que Él no rechaza jamás nuestras invocaciones, es un gran motivo de alegría. Ninguna preocupación, ningún miedo podrá jamás quitarnos la serenidad que viene no de las cosas humanas, de las consolaciones humanas, no, la serenidad que viene de Dios, del saber que Dios guía amorosamente nuestra vida, y lo hace siempre”.[2]

Por esta alegría mesiánica, fue tocado desde el vientre materno, nada menos que San Juan Bautista, quien nuevamente irrumpe con su fuerte personalidad religiosa en este III Domingo de Adviento.

Efectivamente, el Bautista saltó de gozo en el seno materno al sentir la presencia de Jesús, nuestro Dios y Señor, en las entrañas puras y virginales de Santa María, su Madre (ver Lc 1, 41). De paso, ¿no es este un signo claro de la santidad de la vida desde la concepción? Este encuentro entre dos mujeres embarazadas o encinta, María e Isabel; esta acción de Jesús en el vientre de su Madre María de santificar a Juan en el vientre de Isabel; este saltar de gozo del Bautista en el vientre materno, ¿no es una señal inequívoca de la inviolabilidad y sacralidad de la vida humana desde la concepción hasta su fin natural?

Al respecto, es oportuno recordar lo que nos enseña el Catecismo de la Iglesia: “La vida humana debe ser respetada y protegida de manera absoluta desde el momento de la concepción. Desde el primer momento de su existencia, el ser humano debe ver reconocidos sus derechos de persona, entre los cuales está el derecho inviolable de todo ser inocente a la vida…tanto el aborto como el infanticidio son crímenes abominables”.[3]

Por saltar de alegría en las entrañas de su madre, San Juan Bautista, el profeta llamado a preparar los caminos al Mesías, cuya misión era “dar testimonio de la luz para que todos creyeran por él” (Jn 1, 7), será siempre el símbolo más bello de la alegría de los corazones que encuentran al Señor, y en Él la fuente de felicidad, vida y salvación eterna que sólo Cristo puede darnos.   

Al haber conocido desde el vientre materno la verdadera alegría, aquella que sólo puede dar Dios, que sólo puede dar Jesús, San Juan Bautista no buscará en los sucedáneos del mundo lo que sólo Cristo puede darle al corazón humano, y más aún, se apartará de todo aquello que le impida estar junto al Señor y existir en Él. Nos hará bien seguir su ejemplo en el camino de nuestra vida cristiana.  

Cuando San Juan Bautista inicia su ministerio profético y su prédica, en Israel se comenzaba a respirar la convicción de que la Salvación de Dios estaba a punto de revelarse. Lo dice claramente el pasaje evangélico de hoy: “El pueblo estaba a la espera” (Lc 3, 15). Esta convicción la tenía más fuerte que nadie el mismo San Juan. Su predicación conmueve tanto a las personas apartadas de las cosas de Dios, que éstas comienzan a preguntarle: ¿Qué debemos hacer? Y él les respondía: “El que tenga dos túnicas, que las reparta con el que no tiene; el que tenga para comer, que haga lo mismo” (Lc 3, 11). Incluso lo buscan los publicanos, es decir los recaudadores de impuestos de aquel entonces, junto con los soldados y policías a preguntarle lo mismo: “Maestro, ¿qué debemos hacer? Él les dijo: «No exijáis más de lo que os está fijado». Preguntáronle también unos soldados: «Y nosotros ¿qué debemos hacer?» Él les dijo: «No hagáis extorsión a nadie, no hagáis denuncias falsas, y contentaos con vuestra soldada” (Lc 3, 12-14). Por eso, el compartir, la justicia, la honradez, y el fiel cumplimiento de los deberes de nuestro estado de vida, serán siempre los mejores medios para acoger al Salvador y preparar sus caminos, de tal manera que cuando Él llegue, encuentre un mundo más justo y reconciliado.

De otro lado, nuestro pasaje evangélico de hoy (ver Lc 3, 10-18), nos presenta una dimensión muy importante de la personalidad religiosa del Bautista: Su humildad. En efecto, cuando todos pensaban si no sería él el Cristo, el Mesías, él respondió a todos: “Yo os bautizo con agua; pero viene el que es más fuerte que yo, y no soy digno de desatarle la correa de sus sandalias. Él os bautizará en Espíritu Santo y fuego” (Lc 3, 16). Asimismo, Juan se alegra de ver cómo sus discípulos se van con Cristo (ver Jn 1, 35-37), porque su único anhelo y pasión en la vida consistía en preparar el camino del Señor, y cuando aparece Jesús, él desaparece para dejar a las almas con Él. El Bautista vivía con toda honestidad y sinceridad lo que había anunciado: “Es preciso que Él crezca y que yo disminuya” (Jn 3, 30). San Juan el Bautista, se nos presenta entonces como modelo de humildad y de sencillez apostólica, de no vivir aferrados a los frutos de nuestra acción evangelizadora, conscientes que nosotros no nos predicamos a nosotros mismos sino al Señor Jesús (ver 2 Cor 4, 5). Su humildad heroica lo lleva a ser una flecha que indica a los demás el camino que lleva a Cristo.

Finalmente, me atrevo a dejarles una tarea de cara a la Navidad ya cercana: Preparar con ilusión el nacimiento navideño. Que los pesebres que en estos días comenzamos a poner con esperanza en nuestros hogares, iglesias, plazas y calles, sean una invitación para hacer un lugar en nuestro corazón y en nuestra sociedad a Dios, quien pronto nacerá de la Virgen María, su Madre Santísima.

No nos olvidemos que el verdadero sentido de estas fiestas se encuentra en Jesús. Él es quien da sentido a todo lo que celebramos en Navidad. Esto es lo que nos recuerda el nacimiento o pesebre. Que los nacimientos que preparemos en estos días, sean también una invitación a acoger a Jesús escondido en el rostro de tantas personas que están en condiciones de pobreza y de sufrimiento, sobre todo en los enfermos a causa de la pandemia.

Que la Virgen María, a quien la liturgia de hoy recuerda en su advocación de Nuestra Señora de Guadalupe, a Aquella que colmó su vida de alegría y felicidad plenas al pronunciar su “Hágase”, su “Sí” en la Anunciación-Encarnación, nos enseñe en estos días centrales del Adviento a abrirle nuestro corazón al Niño Jesús que pronto nacerá, porque Él es la verdadera causa de nuestro gozo.

Nunca nos olvidemos que Jesús nos sostiene en los tiempos de pruebas y desolación, nos consuela y reanima cuando nos sentimos abandonados en nuestro dolor. Y con Él, nuestra Madre Santísima, “La Guadalupana”, “La Morenita”, quien desde su casita sagrada en el Tepeyac no cesa de decirnos a través de San Juan Diego: “Oye y ten entendido, hijo mío el más pequeño, que es nada lo que te asusta y aflige. No se turbe tu corazón, no temas esa ni ninguna otra enfermedad o angustia. ¿Acaso no estoy aquí yo, que soy tu madre? ¿No estás bajo mi sombra? ¿No soy tu salud? ¿No estás por ventura en mi regazo?”.

San Miguel de Piura, 12 de diciembre de 2021
III Domingo de Adviento o de Gaudete

[1] S.S. Francisco, Ángelus, 16-XII-2018.

[2] Ibid.

[3] Catecismo de la Iglesia Católica, nn. 2270-2271.

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domingo 12 diciembre, 2021