HOMILÍA DEL ARZOBISPO METROPOLITANO EN EL II DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO 2021

“Quedémonos siempre con Jesús”

Como decíamos el domingo pasado, la Fiesta del Bautismo del Señor inaugura el ministerio público de Jesús. Es por tanto natural y comprensible que en estos primeros domingos del Tiempo Ordinario, los Evangelios dominicales estén dedicados a presentarnos las primeras apariciones públicas del Señor así como la vocación de sus primeros discípulos.   

El Evangelio de hoy está tomado de San Juan (ver Jn 1, 35-42) y comienza con la frase: “Al día siguiente, Juan se encontraba de nuevo allí con dos de sus discípulos” (Jn 1, 35). Se trata del día siguiente del Bautismo del Señor. El Bautista, fijándose en Jesús que pasaba, lo señala y dice: “He ahí el Cordero de Dios” (Jn 1, 36), es decir, he ahí a quien con su sacrificio en la Cruz nos salvará, y porque será probado en el sufrimiento, podrá ayudar a los que se ven probados, como nosotros ahora con la pandemia (ver Heb 2, 18). Ante estas palabras, los dos discípulos de San Juan Bautista, siguen a Jesús y se quedaron con Él todo aquel día (ver Jn 1, 37-39). El pasaje evangélico de hoy, insiste mucho en el tema del seguimiento de Jesús. Por eso nos dice: “Andrés, el hermano de Simón Pedro, era uno de los dos que habían oído a Juan y habían seguido a Jesús” (Jn 1, 40). ¿Quién era el otro discípulo? Sin lugar a dudas es aquel que escribe este hermoso encuentro de vida con Cristo, es decir, el apóstol y evangelista San Juan, quien será conocido como “el discípulo amado” o como “el discípulo a quien Jesús tanto quería” (ver Jn 13, 23; 19, 26; 20, 2; 21, 7 y 21, 20). 

El relato que nos ocupa, deja vislumbrar una gran emoción. San Juan nunca olvidará el día que conoció a Jesús. Será para él, el momento más importante y decisivo de su vida, que marcará su existencia para siempre. Por eso, y a pesar de lo sobrio del relato, todos los detalles de aquel día se le quedaron grabados en su memoria y corazón, así como el diálogo sostenido con Jesús: “Jesús se volvió, y al ver que le seguían les dice: ¿Qué buscáis? Ellos le respondieron: Rabbí -que quiere decir, Maestro-  ¿dónde vives?». Les respondió: Venid y lo veréis. Fueron, pues, vieron dónde vivía y se quedaron con Él aquel día. Era más o menos la hora décima” (Jn 1, 38-39).

San Juan recuerda la casa donde Jesús vivía, en la cual cada cosa estaría impresa con detalles de la personalidad del Señor. Tal vez esa misma tarde conoció a María, la Madre de Jesús, y comenzó a descubrirla como su propia Madre en el orden de la gracia, y a vivir la piedad filial como camino configurante con Cristo. Por ello no nos debe extrañar que, entre los doce apóstoles, él haya acompañado a María al pie de la Cruz y haya tenido el privilegio de recibirla como su Madre (ver Jn 19, 25-27).

El apóstol San Juan no olvidará la hora del encuentro con Jesús: “Era más o menos la hora décima”, es decir las cuatro de la tarde. Si el encuentro fue por la tarde es lógico pensar que estuvieron con el Señor hasta entrada la noche. San Juan escribe su Evangelio ya de anciano, y con todo recuerda con emoción, como si fuera ayer, su primer encuentro con Jesús. Jamás olvidó aquel día y aquella hora en que encontró a Aquel que era el único capaz de llenar su vida de sentido y su corazón de plenitud.

“Se quedaron con Él aquel día”, nos dice el Evangelio. ¿Cuál día? En realidad importa poco saberlo, pues la expresión “aquel día”, expresa uno de esos días bíblicos que no tienen fin. Por tanto, lo que San Juan quiere expresar es que, a partir de ese día, Andrés y él se quedaron con Jesús para siempre y que no se separarían jamás de Él. En efecto, San Juan estuvo siempre con Jesús, incluso hasta la Cruz, y lo siguió también después de ella. Para los hebreos, el día comenzaba por la tarde, por tanto haberse encontrado con Jesús hacia las cuatro de la tarde, significaba el comienzo de una gran aventura, la gran aventura de ser discípulo de Cristo y de seguirlo por siempre.

¿Qué habrían conversado aquella tarde y noche? Si a los dos discípulos de Emaús les ardía el corazón al escuchar a Jesús explicarles las Escrituras mientras iban de camino (ver Lc 24, 13-35), ¿qué decir de la conversación en este primer encuentro con el Señor que se dio en el calor y el reposo de un hogar? Muchas cosas conversadas aquel día quedaron en el seno de la intimidad, pero algo podemos deducir de lo que hablaron por la manera cómo continua el relato evangélico: “Andrés, el hermano de Simón Pedro, era uno de los dos que habían oído a Juan y habían seguido a Jesús. Este se encuentra primeramente con su hermano Simón y le dice: Hemos encontrado al Mesías, que quiere decir, Cristo. Y le llevó donde Jesús” (Jn 1, 40-41).

Podemos deducir que habrían conversado de las promesas de salvación hechas por Dios a Israel, y cómo estas se cumplían en Jesús, el “Cordero de Dios”, quien daría su vida por nosotros, por nuestra reconciliación.

Por eso Andrés en su diálogo con su hermano Simón Pedro, le dice: “Hemos encontrado al Mesías”, es decir al Ungido de Dios, al Salvador, y sin esperar reacción alguna de su hermano “lo llevó donde Jesús”. Si el relato evangélico de hoy recoge el encuentro de Andrés y Juan con Jesús, también nos trae la vocación de Simón Pedro: “Jesús, fijando su mirada en él, le dijo: Tú eres Simón, el hijo de Juan; tú te llamarás Cefas, que quiere decir, Piedra” (Jn 1, 42).  

“Cefas”, no es nombre de persona. Es una palabra hebrea que significa “Roca”. Se traduce al griego por “Petra”, y de allí viene el nombre por todos conocido de “Pedro”. Cambiándole de nombre, Jesús le indica a Simón cuál será su misión, que en el Evangelio de San Mateo se expresa claramente: “Sobre esta piedra edificaré mi Iglesia” (Mt 16, 18). Cada vez que Pedro escuche su nombre hasta el final de su vida, recordará aquel momento en que se encontró con Jesús y el Señor lo llamó para que fuera el primer Papa de la historia de la Iglesia.

La reflexión de todos estos hechos del Evangelio, debe llevarnos a cada uno de nosotros a hacer memoria de aquel día y hora, en que nos encontramos con Jesús, y lo que significó ese encuentro para nuestra vida, para que así, y a pesar del tiempo transcurrido, reavivemos la gracia y la alegría de nuestra particular vocación. El encuentro con Jesús cambia la vida, establece un antes y un después. Hace bien recordar siempre ese día y esa hora, en que fuimos tocados por su mirada y escuchamos su voz que nos llamaba por nuestro nombre.

Que de cada uno de nosotros también se pueda decir: “Se quedaron con Él aquel día”, es decir, se quedaron con Él para siempre, para nunca separarse de Él.   

Hay una última reflexión con la cual quisiera terminar la homilía de hoy, y es sobre la actitud de San Andrés después de haber encontrado a Jesús: Va aprisa con emoción hasta donde su hermano Simón Pedro para comunicarle la buena nueva que ha encontrado al Mesías. El Evangelio nos dice que inmediatamente “lo llevó donde Jesús” (Jn 1, 42). Si algo que caracteriza a Andrés en el Evangelio, es que él siempre está llevando a alguna persona a encontrarse con Jesús: Lo hizo con su hermano Simón Pedro (ver Jn 1, 40-42); lo hizo también con el joven que quería darle a Jesús sus cinco panes y dos peces (ver Jn 6, 8-9); y lo hizo con los griegos que querían conocer al Señor (ver Jn 12, 20-22). Como San Andrés, ¿el encuentro con Jesús nos impulsa al trabajo misionero o evangelizador, es decir a llevar a los demás a conocer y a encontrarse con Cristo? ¿Tenemos como Andrés, esa alegría “contagiosa” de transmitir a los demás la fe en Cristo?

Al respecto nos dijo el Papa Francisco en el Perú:  “La misión brota espontánea del encuentro con Cristo. Andrés comienza su apostolado por los más cercanos, por su hermano Simón, casi como algo natural, irradiando alegría. Esta es la mejor señal de que hemos «descubierto» al Mesías. La alegría contagiosa es una constante en el corazón de los apóstoles, y la vemos en la fuerza con que Andrés confía a su hermano: «¡Lo hemos encontrado!». Pues la alegría del Evangelio llena el corazón y la vida entera de los que se encuentran con Jesús. Quienes se dejan salvar por Él son liberados del pecado, de la tristeza, del vacío interior, del aislamiento. Con Jesucristo siempre nace y renace la alegría. Y ésta es contagiosa. Esta alegría nos abre a los demás, es alegría no para guardarla, sino para transmitirla”.[1]  

Que María Santísima, quien guardaba cuidadosamente todo en su corazón (ver Lc 2, 19), nos ayude y guíe a hacer memoria agradecida de nuestra vocación, y a llevar a todos los que podamos, comenzando por los de casa, al encuentro con Jesús, el camino, la verdad y la vida (ver Jn 14, 6). Amén.

San Miguel de Piura, 17 de enero de 2021
II Domingo del Tiempo Ordinario 

[1] S.S. Francisco, Discurso en el Encuentro con Sacerdotes, Religiosos, Religiosas y Seminaristas del Norte del Perú, Trujillo, 20-I-2018.

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domingo 17 enero, 2021