HOMILÍA DEL ARZOBISPO METROPOLITANO EN EL II DOMINGO DE ADVIENTO 2021

“Todos verán la salvación de Dios”

La segunda vela encendida de nuestra Corona de Adviento, nos advierte que estamos en el segundo domingo de este tiempo de espera del Salvador. Hoy hace su aparición San Juan Bautista, hijo de Zacarías e Isabel (ver Lc 1, 57-62), un personaje típico de este tiempo litúrgico. Es imposible celebrar el Adviento sin evocarlo a él, cuya vida y misión están definidas por anunciar la llegada de Cristo, el Mesías, y después señalarlo presente entre nosotros.

Efectivamente, todos los profetas anteriores al Bautista decían que el Señor vendría a salvarnos (ver Ex 16, 6-7), pero no sabían cuándo y cómo. En cambio el Bautista tuvo el privilegio de poder señalar a Jesús presente en medio de su pueblo, diciendo de Él: “Este es el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo” (Jn 1, 29), palabras que, dicho sea de paso, han quedado perennizadas en la liturgia de la Santa Misa, y las cuales pronuncia el sacerdote momentos antes de la comunión eucarística, cuando sosteniendo y mostrando al Pueblo de Dios la hostia y el cáliz consagrados, nos advierte que Aquel a quien vamos a recibir bajo la apariencia de pan y de vino, es al mismo Señor Jesús, en el misterio de su Cuerpo y de su Sangre.

El mismo Jesús  lo define como un profeta excepcional, cuando hablando del Bautista le pregunta a la gente:

“Entonces, ¿qué salisteis a ver? ¿Un profeta? Sí, os digo, y más que un profeta. Éste es de quien está escrito: He aquí que envío mi mensajero delante de ti, que preparará por delante tu camino” (Lc 7, 26-27). Por todo esto, la persona de San Juan Bautista pertenece al Adviento porque él fue enviado por Dios como el Precursor, es decir como aquel que debía preparar el camino a Cristo, y después señalarlo presente entre nosotros para que le sigamos.

San Lucas nos dice que la Palabra de Dios le fue dirigida al Bautista en el desierto, y que desde ahí San Juan clamaba con las mismas palabras del profeta Isaías (ver Is 40, 3-5): “Preparad el camino del Señor, enderezad sus sendas” (Lc 3, 4). Así como ayer, hoy también la voz del Bautista, “grita en los desiertos de la humanidad, que son las mentes cerradas y los corazones duros, y nos hace preguntarnos si en realidad estamos en el buen camino, viviendo una vida según el Evangelio”.[1]

Por el misterio del Adviento que la liturgia celebra, San Juan el Bautista se acerca hoy a los hombres apartados de las cosas de Dios para suscitar en ellos nuevas inquietudes y cambiar sus ideales mundanos. Él sacude a las personas de su indiferencia religiosa, los despierta al amor salvador de Dios, forma la conciencia moral, y mueve a las personas a la conversión y a la justicia (ver Lc 3, 11-14).  

Asimismo, San Lucas nos relata que San Juan, “se fue por toda la región del Jordán proclamando un bautismo de conversión para perdón de los pecados” (Lc 3, 3).

Quizá alguno de nosotros podría preguntarse: Pero la conversión, ¿no es más bien para los que no creen? Yo soy cristiano, soy católico, vengo a Misa los domingos, rezo, sigo a Jesús, ¿necesito convertirme? La respuesta es sí, porque todos somos pecadores y siempre estamos necesitados de hacer penitencia y morir a nuestro pecado. Ninguno de nosotros puede decir que ya es santo y que ya está salvado. Siempre podemos acoger con un corazón más amplio la salvación que el Bautista anuncia y que sólo Jesús puede darnos.  Siempre podemos crecer un poco más en nuestra fe, amor y seguimiento de Cristo, así como en nuestro amor fraterno. En una frase: En cualquier etapa de nuestra vida, podemos crecer más en la santidad y en nuestra pertenencia a Cristo en su Santa Iglesia.

Queridos hermanos: San Juan Bautista nos urge hoy a preparar los caminos al Señor para que todos puedan ver la salvación de Dios (ver Lc 3, 6). Por lo tanto, y como bien nos enseña el Papa Francisco, “cada uno de nosotros está llamado a dar a conocer a Jesús a quienes todavía no lo conocen. Y esto no es hacer proselitismo. No, es abrir una puerta. «¡Ay de mí si no anuncio el Evangelio!» (1 Cor 9, 16), declaraba San Pablo. Si a nosotros el Señor Jesús nos ha cambiado la vida, y nos la cambia cada vez que acudimos a Él, ¿cómo no sentir la pasión de darlo a conocer a todos los que conocemos en el trabajo, en la escuela, en el edificio, en el hospital, en distintos lugares de reunión? Si miramos a nuestro alrededor, nos encontramos con personas que estarían disponibles para iniciar o reiniciar un camino de fe, si se encontrasen con cristianos enamorados de Jesús. ¿No deberíamos y no podríamos ser nosotros esos cristianos? Os dejo esta pregunta: ¿De verdad estoy enamorado de Jesús? ¿Estoy convencido de que Jesús me ofrece y me da la salvación? Y, si estoy enamorado, debo darlo a conocer. Pero tenemos que ser valientes: bajar las montañas del orgullo y la rivalidad, llenar barrancos excavados por la indiferencia y la apatía, enderezar los caminos de nuestras perezas y de nuestros compromisos”.[2]

El Adviento es también un tiempo propicio para seguir el ejemplo del San Juan Bautista de anunciar a Cristo, quien es el rostro humano de Dios y el rostro divino del hombre. Es un tiempo propicio para evangelizar, que no es otra cosa sino anunciar el nombre, la persona, la enseñanza, la vida, las promesas, el Reino, el misterio de Jesús de Nazaret, Hijo de Dios y de la Virgen María, el único Salvador del mundo ayer, hoy y siempre. De esta manera, “todos verán la salvación de Dios” (Lc 3, 6).

Queridos hermanos: Por todo lo mencionado y mucho más, San Juan Bautista se nos presentan como una personalidad religiosa extraordinaria, y por lo tanto como un gran modelo a imitar para todo cristiano, no solamente en el Adviento, sino a lo largo de todo el Año Litúrgico que recién acabamos de comenzar a celebrar.

San Juan Bautista nos exhorta a acoger al Señor Jesús, el Salvador, a través de una conversión sincera de vida, porque el Mesías que esperamos es capaz de transformar nuestra vida con su gracia, con la fuerza del Espíritu Santo, con la fuerza del amor.

Asimismo, nos anima a anunciar la alegría de la salvación, que es el mismo Cristo, y nos enseña a contentarnos con ser una flecha que indique a los demás el camino que lleva al Señor y no los retenga, porque como el mismo Juan afirmó de sí mismo: “Es necesario que Él crezca y que yo disminuya” (Jn 3, 30).

Que María Santísima, nos ayude a preparar día tras día el camino del Señor, comenzando por nosotros mismos, así como a anunciar a los demás con ilusión, ardor y esperanza, a la persona viva de su Divino Hijo, nuestro Señor Jesucristo, el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo, quien es el camino a recorrer, la verdad a ensayar y la vida a vivir.

Amén.

San Miguel de Piura, 05 de diciembre de 2021
II Domingo de Adviento

[1] S.S. Francisco, Angelus, 06-XII-2015.

[2] Ibid.

Puede descargar el archivo PDF de la homilía pronunciada por nuestro Arzobispo AQUÍ 

domingo 5 diciembre, 2021