HOMILÍA DEL ARZOBISPO METROPOLITANO EN EL I DOMINGO DE ADVIENTO 2021

“Orar en todo momento porque ya llega
el Hijo del hombre”

Comenzamos a vivir el tiempo de Adviento, tiempo litúrgico que nos prepara para acoger a Cristo, el Señor de la Historia, quien viene a nosotros y no tarda en llegar. En el Adviento, nos preparamos de dos maneras para acoger al Señor: Por un lado, llevando una vida sin mancha de pecado, es decir una vida de santidad, y del otro lado, trabajando por extender su Reino, aquel que inauguró en su primera venida, para que de esta manera cuando Él vuelva al final de los tiempos, encuentre un mundo más conforme y maduro a su designio divino. Estas dos maneras de prepararnos, son la forma adecuada de poner en práctica el pedido del Señor Jesús en el Evangelio de hoy: “Estad en vela” (ver Lc 21, 36).  

El tiempo de Adviento nos pone entonces en actitud de expectativa frente a un bien eterno que anhelamos los cristianos: La venida de Cristo. Esta actitud de expectación, es esencial en la vida de la Iglesia y de los discípulos del Señor, pues vivimos en una cierta tensión entre Cristo, quien ya vino una primera vez en la humildad de nuestra carne mortal y además está de continuo presente en su Iglesia, y en Cristo que vendrá una última y definitiva vez en poder y gloria.

En el tiempo del Adviento se sobrepone entonces una triple expectativa: En primer lugar, una expectativa por celebrar la Navidad, y con ello conmemorar en la fe y en la liturgia la primera venida del Señor en el misterio de su Encarnación-Nacimiento. En segundo lugar, atención y vigilancia para acoger constantemente al Señor, porque Él “está con nosotros todos los días hasta el fin del mundo” (ver Mt 28, 20) y viene a nuestras vidas continuamente de múltiples maneras, pero sobre todo en el misterio de la Eucaristía donde su presencia es real por antonomasia, porque es sustancial, ya que por el misterio eucarístico se hace presente Cristo, Dios y hombre, entero e íntegro en las especies eucarísticas.[1] Y finalmente la expectación frente a la que será la última y definitiva venida del Señor al final de los tiempos.

El I Domingo de Adviento, que hoy celebramos, pone ante nuestra consideración y reflexión, esto último, es decir la venida final, definitiva y gloriosa del Señor Jesús al fin del mundo. Lo hace proponiéndonos para nuestra reflexión un pasaje tomado del Evangelio según San Lucas (ver Lc 21, 25-28.34-36), quien dicho sea de paso será el Evangelista que nos acompañará a lo largo de todo el nuevo Año Litúrgico que hoy comenzamos a celebrar.

Nuestro Evangelio dominical, nos advierte de algunas “señales” que nos indicarán que la llegada del Señor está cercana:

“Habrá señales en el sol, en la luna y en las estrellas; y en la tierra, angustia de las gentes, perplejas por el estruendo del mar y de las olas, muriéndose los hombres de terror y de ansiedad por las cosas que vendrán sobre el mundo; porque las fuerzas de los cielos serán sacudidas. Y entonces verán venir al Hijo del hombre en una nube con gran poder y gloria” (Lc 21, 25-27).

Lo curioso del relato de San Lucas, es que mientras estos sucesos serán terribles y terroríficos para unos, para otros más bien serán acontecimientos gozosos. Entre estos últimos se encuentran los Doce Apóstoles y los que, como nosotros, creemos y amamos a Jesús. Por eso el Señor sentencia: “Cuando empiecen a suceder estas cosas, cobrad ánimo y levantad la cabeza porque se acerca vuestra liberación” (Lc 21, 28).

Pero nuestro Evangelio de hoy no concluye ahí. Jesús, es un Maestro tan bueno y sabio que, además de advertirnos de las señales que anunciarán su inminente llegada, nos instruye de cómo hay que vivir el Adviento. Por eso nos previene: “Guardaos de que no se hagan pesados vuestros corazones por el libertinaje, por la embriaguez y por las preocupaciones de la vida, y venga aquel «Día» de improviso sobre vosotros” (Lc 21, 34). 

Jesús enumera tres cosas que nos pueden distraer de la vigilante espera que debemos tener ante su inminente regreso, haciéndonos pesado el corazón, es decir, haciéndolo insensible a su amorosa venida. Estas son: El libertinaje, la embriaguez, y las preocupaciones de la vida.

Quien vive en el libertinaje, es decir en la disolución de las costumbres y en la promiscuidad sexual, quien vive enajenado por el alcohol o la droga, y quien vive preocupado sólo por codiciar y obtener más y más bienes perecederos, seducido por el individualismo consumista de los negocios de este mundo, ese está sin lugar a dudas distraído, no vive en la espera del Señor, tiene pesado el corazón para las cosas de Dios, y no se preocupa por su salvación eterna.

Sobre estas personas, “vendrá aquel «Día» de improviso, como un lazo; porque vendrá sobre todos los que habitan toda la faz de la tierra” (Lc 21, 34-35). Es interesante notar que Jesús habla de este momento decisivo de la historia, que es el fin del mundo, simplemente como “el Día” o “aquel Día”, sin especificar cuándo será, pero advirtiéndonos claramente que ¡está cerca!, y que debemos estar en todo momento en vela, siempre atentos y vigilantes, es decir limpios de pecado, con el corazón convertido y en gracia de Dios, y rebosantes de obras de caridad y misericordia, las cuales serán las que finalmente nos abrirán las puertas del Cielo.

Pero Jesús, no se limita a señalarnos las cosas que pueden distraernos de su última y definitiva venida, sino que además nos propone una actitud positiva que debemos tener para estar siempre despiertos y en actitud de vigilante espera ante su pronta llegada. Por eso también señala: “Estad en vela, pues, orando en todo tiempo” (Lc 21, 36).

Queridos hermanos: La oración, es la actitud propia del Adviento. Si bien el Adviento es también un tiempo de penitencia y de sobriedad en el uso de los bienes de este mundo, de ahí el morado de sus vestiduras es, sobre todo, un tiempo de oración en el que constantemente debemos rezar diciendo: “¡Ven, Señor Jesús!”. 

Si hemos escuchado con atención el Evangelio de hoy, veremos que el Señor no nos ha dicho simplemente que recemos y oremos, sino que específicamente nos ha indicado que debemos orar, “en todo momento”. La oración continua y permanente es la mejor disposición espiritual que un discípulo de Jesús puede tener ante el misterio de la venida de su Señor, porque la oración es apertura, es búsqueda, es en definitiva salir al encuentro de Cristo, que viene. Ciertamente durante el día habrá momentos fuertes de oración, como por ejemplo al despertarnos, a mediodía y antes de irnos a dormir, pero toda nuestra jornada diaria puede y debe ser una oración continua. Las ocupaciones más diversas, pueden y deben convertirse en ocasiones de orar, de encontrarse con Dios, de adorarle, servirle y amarle. 

Como decía hace unos momentos, la oración es apertura. Por eso el que ora sale del encierro de sí mismo, de su pecado, y de su egoísmo. El que ora en todo momento se abre al amor de Dios y a los hermanos. El Adviento nos invita a un esfuerzo de vigilancia, mirando más allá de nosotros mismos, alargando la mente y el corazón para abrirnos al amor de Dios y a las necesidades de los hermanos, y al anhelo de un mundo nuevo, más justo y reconciliado.

Que el Adviento, despierte en nosotros la expectativa ante la venida de Cristo. Si lo esperamos orando en todo momento, es decir con el corazón constantemente buscándolo, podremos aquel «Día» mantenernos “en pie delante del Hijo del hombre” (Lc 21, 36).

Que la Virgen María, que nos trae a Jesús, la mujer de la espera y la oración, de la apertura y el amor hecha entrega generosa, nos ayude a fortalecer nuestra esperanza en las promesas de su Hijo Jesús, para que experimentemos que, a través de las pruebas de la historia, Dios permanece fiel y que nunca nos abandona y viene hacia nosotros. Amén.

San Miguel de Piura, 28 de noviembre de 2021
I Domingo de Adviento

[1] Ver San Pablo VI, Carta Encíclica Mysterium Fidei, 03-IX-1965; San Juan Pablo II, Carta Encíclica Ecclesia de Eucharistia, nn. 11-20.

Puede descargar el archivo PDF de la homilía pronunciada por nuestro Arzobispo AQUÍ 

domingo 28 noviembre, 2021