HOMILÍA DEL ARZOBISPO METROPOLITANO EN EL DOMINGO XXVIII DEL TIEMPO ORDINARIO 2022

“Sólo uno volvió para dar gracias”

Domingo XXVIII Tiempo Ordinario

El Evangelio de hoy Domingo (ver Lc 17, 11-19), recoge el relato de la curación milagrosa de diez leprosos. El acontecimiento ocurre cuando Jesús se dirigía a Jerusalén. En un momento del camino, éstos le salen al encuentro. Dada su condición de segregados, desde la distancia le gritan al Señor: “¡Jesús, Maestro, ten compasión de nosotros!” (Lc 17, 13). La ley judía exigía que los sacerdotes certificaran la curación de quien había sido infectado con este terrible mal, por eso Jesús les ordena: “Id y presentaos a los sacerdotes” (Lc 17, 14). Y es entonces cuando acontece el milagro: “Y sucedió que, mientras iban, quedaron limpios” (Lc 17, 14). Viéndose curados, nueve de ellos continuaron caminando, posiblemente dirigiéndose a sus hogares, haciéndose mil y un planes de lo que iban a hacer ahora que estaban limpios de la lepra. Se olvidaron de que habían recibido una gracia muy especial, la de su curación, y de que Jesús había tenido compasión de ellos. Sólo uno, tuvo la actitud justa y correcta: “Uno de ellos, viéndose curado, se volvió glorificando a Dios en alta voz; y postrándose rostro en tierra a los pies de Jesús, le daba gracias; y éste era un samaritano” (Lc 17, 15-16).

La primera lección que nos deja nuestro Evangelio dominical, es cuánto duele la ingratitud, reflejada en las palabras del Señor: “¿No quedaron limpios los diez? Los otros nueve, ¿dónde están? ¿No ha habido quien volviera a dar gloria a Dios sino este extranjero?” (Lc 17, 17-18).

La ingratitud, tanto ayer como hoy, es una lamentable y frecuente mala conducta del ser humano, de la cual todos nosotros hemos sido víctimas alguna vez en nuestras vidas, y por lo tanto sabemos por propia experiencia cuánto duele.

La ingratitud tiene hasta tres grados: El primero es reconocer que hemos recibido un beneficio valioso en nuestra vida, pero no hacemos nada por manifestar nuestra gratitud. El segundo grado consiste es reconocer que hemos recibido un don o beneficio, pero le restamos valor diciéndonos a nosotros mismos: “En el fondo me lo merecía”. El tercer grado consiste en negar que algún bien nuestro se deba a otro. Este es el caso de los nueve leprosos curados que no regresaron. Ellos ni siquiera reconocieron el favor o gracia recibida, a pesar de que le gritaron suplicándole a Jesús que tuviera compasión de ellos y los curara. Simplemente, continuaron con su camino.      

Aunque duela decirlo, éste es muchas veces nuestro comportamiento más frecuente para con Dios. Somos muy buenos para pedirle al Señor en la necesidad, pero muy malos para agradecerle sus beneficios. Si con sinceridad nos examinamos, veremos que, comparada con la oración de petición, es poco el tiempo que dedicamos a la oración de acción de gracias, en la que le agradecemos a Dios-Amor por sus dones. Junto con la oración de súplica o petición, la oración de gratitud también debe estar presente en nuestra vida cristiana, porque, como afirma San Pablo, ¿qué tenemos que no hayamos recibido de su amor? (ver 1 Cor 4, 7).

Como decía al inicio de esta reflexión, todos en algún momento de nuestras vidas hemos sido víctimas de la ingratitud, pero seamos honestos, también nosotros hemos sido ingratos y mal agradecidos en más de una ocasión, sobre todo con el Señor. Más que parecernos al leproso samaritano, que regresó donde Jesús para darle gracias por el don de su curación, somos como los otros nueve que no volvieron. Surge entonces la pregunta: ¿Por qué no somos más agradecidos? ¿Por qué somos ingratos y tendemos a desconocer los beneficios recibidos? ¿Por qué nos cuestan tanto decir “gracias”? Porque sencillamente creemos, desde nuestra soberbia y engreimiento, que todo nos es debido, y que en la vida todo lo tenemos merecido. Como no sabemos amar, no sabemos agradecer la gratuidad del amor.  

En su inmortal novela, “El ingenioso Hidalgo don Quijote de la Mancha”, don Miguel de Cervantes y Saavedra, toca el tema de la ingratitud, especialmente cuando en el camino real don Quijote se topa con una cadena de galeotes o prisioneros que marchan a su desdichado destino. Tras escuchar sus historias el hidalgo don Quijote, decide liberarlos. Lo consigue, pero al pretender que los condenados se pongan en camino al Toboso para rendir homenaje a su señora Dulcinea, uno de ellos, Ginés de Pasamonte, le responde con burlas. Al final don Quijote recibe una lluvia de pedradas como signo de gratitud. A continuación, don Quijote le dice a los galeotes: “De gente bien nacida es agradecer los beneficios que reciben, y uno de los pecados que más a Dios ofende es la ingratitud”.[1] 

Cuando somos ingratos con los demás, y especialmente con Dios, manifestamos nuestra pobre educación y reverencia, y sobre todo nuestro soberbia y egoísmo, las cuales ofenden al Señor. Jesús nos invita hoy a ser siempre agradecidos con Dios nuestro Padre. De Dios lo hemos recibido todo: La vida, todos nuestros bienes, pero sin duda el mayor bien que hemos recibido de Él, por medio de su Hijo, nuestro Señor Jesucristo, es la salvación, es decir la liberación de nuestros pecados, y el don la reconciliación que nos permite compartir, por la fe y la gracia, su misma vida divina, y gozar desde ya de la vida eterna. Éste, es un don tan absolutamente gratuito que por eso se llama “gracia”.

Como cantamos en el prefacio de la Misa, es justo y necesario dar gracias a Dios, y es deber nuestro glorificarlo por el don de la salvación que abre nuestras vidas a la esperanza y a la alegría. Por eso cada domingo nos reunimos en asamblea eucarística para darle gracias al Padre por su amor misericordioso por medio de Jesús, su único Hijo, nuestro Salvador, con la fuerza del Espíritu Santo. No venir a Misa los domingos, es ser como los nueve leprosos que no regresaron para dar gloria a Dios, a pesar del gran don que recibieron de verse curados de la terrible lepra, y tener la posibilidad de una vida libre y feliz.  

Al respecto de la ingratitud y la gratitud, nos dice el Papa Francisco: “Algunas veces nos viene a la mente pensar que nos estamos convirtiendo en una civilización de malas maneras y malas palabras, como si fuese un signo de emancipación. Lo escuchamos decir muchas veces incluso públicamente. La amabilidad y la capacidad de dar gracias son vistas como un signo de debilidad, y a veces suscitan incluso desconfianza. Esta tendencia se debe contrarrestar en el seno mismo de la familia. Debemos convertirnos en intransigentes en lo referido a la educación a la gratitud, al reconocimiento: la dignidad de la persona y la justicia social pasan ambas por esto. Si la vida familiar descuida este estilo, también la vida social lo perderá. La gratitud, además, para un creyente, está en el corazón mismo de la fe: un cristiano que no sabe dar gracias es alguien que ha olvidado el lenguaje de Dios…Una vez escuché decir a una persona anciana, muy sabia, muy buena, sencilla, pero con la sabiduría de la piedad, de la vida: «La gratitud es una planta que crece sólo en la tierra de almas nobles». Esa nobleza del alma, esa gracia de Dios en el alma nos impulsa a decir gracias a la gratitud. Es la flor de un alma noble. Esto es algo hermoso”.[2] 

Esta flor de la gratitud, a la cual hace referencia el Santo Padre Francisco, gracias a Dios está presente en muchos corazones piuranos y tumbesinos, que en estos días peregrinan, tanto al santuario de Nuestra Señora de las Mercedes en Paita, como al del Señor Cautivo en Ayabaca. Si bien hay muchos que van para suplicar alguna gracia que necesitan o para cumplir con algún un voto o promesa, hay muchos que también peregrinan para agradecer algún beneficio recibido del “Cautivito” y de “La Mechita”. Consuela saber que nuestro pueblo es un pueblo agradecido del amor de Dios. No perdamos jamás el don de la gratitud. Depende de los padres de familia, y de los abuelos, sembrar esta hermosa semilla en el corazón de sus hijos y en las nuevas generaciones.

Que María Santísima, quien supo hacer de su vida un himno permanente de alabanza a Dios por todos los beneficios recibidos del Señor, nos enseñe a vivir en la alegría y en la gratitud a Dios, proclamando siempre con Ella: “Engrandece mi alma al Señor y mi espíritu se alegra en Dios mi salvador porque ha puesto los ojos en la humildad de su esclava, por eso desde ahora todas las generaciones me llamarán bienaventurada, porque ha hecho en mi favor maravillas el Poderoso, Santo es su nombre” (Lc 1, 46-49). 

San Miguel de Piura, 09 de octubre de 2022
Domingo XXVIII del Tiempo Ordinario

[1] Miguel de Cervantes y Saavedra, “El ingenioso Hidalgo don Quijote de la Mancha”, I, 22.

[2] S.S. Francisco, Audiencia General, 13-IV-2015.

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