HOMILÍA DEL ARZOBISPO METROPOLITANO EN EL DOMINGO XXIV DEL TIEMPO ORDINARIO

“Dios es un Padre rico en misericordia”

¡Feliz Día de la Familia!

El Evangelio de hoy, comprende todo el capítulo 15 de San Lucas (ver Lc 15, 1-32). En él, se recogen tres parábolas, todas ellas enfocadas en el tema de la divina misericordia, que es la cara más auténtica del amor. A través ellas, Jesús no sólo busca enseñarnos que Dios perdona al pecador, sino que su conversión es obra, ante todo, del mismo Dios, quien lo busca afanosamente, con gran amor y constancia, para que se convierta a Él, y así tenga vida en abundancia. Es llamativo notar lo que nos revela Jesús: Que la conversión de un solo pecador, produce una inmensa alegría en el corazón de Dios, nuestro Padre, y en los ángeles del Cielo (ver Lc 15, 10).   

Como decía, son tres las parábolas que nos regala Jesús en el Evangelio de hoy: La de la oveja perdida; la de la moneda de dracma hallada; y la del Hijo Pródigo. En la primera parábola, Jesús nos presenta la escena de un pastor que cuando pierde una de sus cien ovejas, deja a buen recaudo a las otras 99, y va en busca de la perdida, y cuando la encuentra, el pastor, “la pone contento sobre sus hombros; y llegando a casa, convoca a los amigos y vecinos, y les dice: Alegraos conmigo, porque he hallado la oveja que se me había perdido. Os digo que, de igual modo, habrá más alegría en el cielo por un solo pecador que se convierta que por 99 justos que no tengan necesidad de conversión” (Lc 15, 4-7).

En la segunda parábola, Cristo nos presenta a una mujer que ha perdido una de sus diez dracmas. La dracma era una moneda griega equivalente a un denario que, en los tiempos de Jesús, era el salario o jornal diario de un trabajador. La mujer hace todos los esfuerzos posibles por encontrarla: Enciende la luz, barre la casa, y busca por todos los lados hasta que la encuentra, y entonces, llena de alegría, “convoca a las amigas y vecinas, y dice: Alegraos conmigo, porque he hallado la dracma que había perdido. Del mismo modo, os digo, se produce alegría ante los ángeles de Dios por un solo pecador que se convierta” (Lc 15, 9-10).

¿Cuáles es la enseñanza de Jesús en estas dos primeras parábolas? Que, en la obra de nuestra reconciliación, la iniciativa es siempre del Señor. Ni la oveja, y menos aún la moneda de dracma, hacen algo por ser encontradas. Todo el esfuerzo por hallarlas es, en el primer caso, del pastor, y en el segundo, de la mujer que busca con afán, decisión e insistencia.

Con mucha habilidad, el Señor Jesús quiere enseñarnos a través de estas dos primeras parábolas que, por culpa del pecado, el hombre se encontraba en un estado de total perdición, pero que Dios, no se resignó a perdernos, y por eso hizo lo indecible para hallarnos, es decir por salvarnos, hasta el extremo de entregarnos a su Unigénito, como lo afirma el mismo Evangelio: “Tanto amó Dios al mundo que dio a su Hijo único, para que todo el que crea en Él no perezca, sino que tenga vida eterna. Porque Dios no ha enviado a su Hijo al mundo para juzgar al mundo, sino para que el mundo se salve por Él” (Jn 3, 16-17). 

Es conmovedor ver el amor que Dios nos tiene. Nos pudo dejar abandonados a nuestra triste suerte, es decir, esclavos del pecado, sometidos al imperio del demonio y de la muerte eterna. Pero no. Nos buscó con misericordia y constancia, y nos otorgó en su Hijo, nuestro Señor Jesucristo, el perdón, la vida y la salvación. Y así, como en las dos primeras parábolas, todo el esfuerzo fue del pastor y de la mujer, en el caso de nuestra salvación, todo el esfuerzo lo hizo el Señor Jesús, pagando en la cruz, con el precio de su propia sangre, la deuda de nuestro pecado. Siempre seamos conscientes que, es a Cristo crucificado, a quien le debemos el perdón de nuestros pecados y nuestra salvación eterna. No hay ninguno de nosotros, que no haya sido buscado y encontrado por Jesús, o que no haya sido cargado con amor sobre sus hombros de Buen Pastor. Cada uno de nosotros es esa oveja perdida hallada con alegría; es esa pequeña moneda que el Señor no se resigna a perder y busca sin cesar hasta encontrarla. Todos sin excepción, por más pecadores que seamos, somos preciosos y valiosos a los ojos de Dios, ocupamos un lugar único en su corazón, y por eso nos busca continuamente. El gran reto que tenemos es dejarnos encontrar por su amor misericordioso, y acogerlo en nuestras vidas con un corazón contrito.  

Pero sin lugar a dudas, es la tercera parábola, la del “Hijo Pródigo”, la que más atrae nuestra atención. El eje de la parábola es la persona del Padre. Jesús nos revela que Dios es un Padre compasivo y misericordioso que, si bien respeta nuestra libertad, nos espera con amor, mostrándose siempre dispuesto al perdón, y a darnos el abrazo de la reconciliación que nos devuelve a la vida.

Los otros dos protagonistas de la parábola, son el hijo menor, también llamado “pródigo”, y el hijo o hermano mayor. Todos nosotros tenemos algo de ambos hijos. Como el hijo menor o pródigo, en algún momento de nuestra vida hemos hecho mal uso de nuestra libertad, y con autosuficiencia hemos abandonado la casa paterna creyendo ilusamente que lejos del Señor podemos construir nuestra libertad y ser felices. Como el hijo pródigo, después hemos experimentado la trágica consecuencia de esta mala decisión: Soledad y miseria, esclavitud y vergüenza, hambre y vacío interior (ver Lc 15, 14-17). Pero también como el hijo pródigo, en algún momento de nuestra vida, hemos tenido la hermosa experiencia del arrepentimiento, y del encuentro con la misericordia de Dios en el sacramento de la confesión, y cómo fruto de ello, hemos experimentado cómo el Señor volcaba su amor en nuestro corazón haciendo de él un corazón nuevo, devolviéndonos la dignidad de hijos, perdida por culpa de nuestro pecado. De esta manera el Señor hizo renacer en nosotros la esperanza y la alegría de vivir (ver Lc 15, 18-20).

Pero todos tenemos también algo del hijo o hermano mayor. Hay veces nos parecemos a él, es decir, nos sentimos superiores a los demás, y somos incapaces de amar, de perdonar, de buscar a los pecadores y de comer con ellos, como lo hacía Jesús (Lc 15, 2). Somos incapaces de comprender que Dios es amor misericordioso. Como él, nos negamos a perdonar a aquel que nos ha ofendido, mantenemos rencores y odios, albergamos en nuestro corazón deseos de venganza, y les tenemos a los demás, cuentas por cobrar.   

El hijo o hermano mayor de la parábola, también está necesitado de reconciliación. Sobre este hijo de la parábola, el Papa Francisco afirma: “Pero el hijo mayor, que no acepta la misericordia de su padre, se cierra, comete un error peor: Se cree justo, cree que ha sido traicionado y juzga todo sobre la base de su opinión de la justicia. Así que se enfada con su hermano y reprocha a su padre: «y ahora que ha venido ese hijo tuyo, has matado para él, el novillo cebado» (Lc 15, 30). Ese hijo tuyo: no dice mi hermano, sino tu hijo. Se siente hijo único. También nosotros cometemos errores cuando creemos que tenemos razón, cuando pensamos que los malos son los otros. No nos creamos buenos, porque solos, sin la ayuda de Dios que es bueno, no sabemos cómo vencer al mal”.[1]

Queridos hermanos: El centro del mensaje del Evangelio de hoy, es el infinito amor de Dios por nosotros, especialmente por los pecadores, a quienes busca con predilección. Un amor que siempre va a nuestro encuentro, que siempre nos espera, que no renuncia a nosotros. Basta de nuestra parte un mínimo gesto de arrepentimiento, un pequeño movimiento de querer volver a Él, para que Él nos perdone y nos devuelva nuestra dignidad de hijos, perdida por culpa de nuestro pecado, y expresada bellamente en la parábola del “Hijo Pródigo” con las siguientes descripciones: “Traed aprisa el mejor vestido y vestidle, ponedle un anillo en su mano y unas sandalias en los pies. Traed el novillo cebado, matadlo, y comamos y celebremos una fiesta, porque este hijo mío estaba muerto y ha vuelto a la vida; estaba perdido y ha sido hallado” (Lc 15, 22-24).

Alguno por ahí podrá pensar: “Pero he hecho tantas cosas malas y tanto mal en mi vida. He pecado tanto y tan gravemente. Mis pecados son imperdonables”. Al que piense así le digo: No tengas miedo. Dios te ama, te ama tal como eres, y sabe que sólo su Amor puede cambiar tu vida, y hacerte un hombre nuevo. Acércate a Él con la certeza que no te rechazará, sino que más bien te acogerá y perdonará. ¡Él, nunca se cansa de perdonar!

¡Día de la Familia!

El día de hoy, celebramos en el Perú el Día de la Familia. Mi saludo, oraciones y bendición a todas las familias de Piura y Tumbes. Fortalecer y defender a la familia es hoy y siempre algo fundamental porque, “el futuro de la humanidad se fragua en la familia”.[2] Por ello, dediquémonos a la familia como a una realidad verdaderamente prioritaria de la vida de la sociedad y de la Iglesia.

Las familias fuertes se construyen sobre la base de matrimonios fuertes. Y las sociedades y los países fuertes se construyen sobre la base de familias fuertes. Ésta es una verdad incuestionable. Por ello familia, no tengas miedo a ser lo que por vocación estás llamada a ser: “Célula primera y vital de la sociedad”, “Escuela del más profundo humanismo”, “Iglesia doméstica”, y “Santuario de la vida”. Nunca te olvides que surgida del matrimonio sacramento, eres camino de santidad y felicidad, frutos de la fidelidad conyugal. ¡Familia: en ti se fragua el futuro de la humanidad! ¡Familia, sé fuerte!  

Para que seas fuerte sé comunidad orante. La familia cristiana, evangelizada y evangelizadora, debe seguir el ejemplo de Cristo orante. La oración sostiene y manifiesta la vida de la familia permitiendo que el Evangelio crezca en ella y haga de la familia un núcleo de evangelización. 

Para que seas fuerte sé profundamente mariana. Así como no se puede hablar de la Iglesia si no está presente en ella María Santísima, tampoco se puede hablar propiamente de la familia cristiana, verdadera “Iglesia doméstica”, sino está presente en ella la Virgen Madre de Dios y nuestra: “Se trata de una presencia femenina que crea el ambiente familiar, la voluntad de acogida, el amor y el respeto por la vida.[3] La presencia de Santa María en tu vida te llevará a ser toda de Jesús, y en Jesús a ser cenáculo de amor y de caridad fraterna. ¡Familia cristiana: toma con confianza el santo Rosario en tus manos y rézalo todos los días! ¡Feliz Día a todas las familias!

[1] S.S. Francisco, Angelus, 15-IX-2019.

[2] San Juan Pablo II, Exhortación Apostólica Familiaris consortio, n. 86.

[3] III Conferencia General del Episcopado Latinoamericano, Puebla, n. 291.

San Miguel de Piura, 11 de septiembre de 2022
Domingo XXIV del Tiempo Ordinario
Día Mundial de la Familia

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