HOMILÍA DEL ARZOBISPO METROPOLITANO EN EL DÍA DEL PADRE 2021

“¿Por qué tienen miedo?”
¡Feliz día Papá!

El Evangelio de hoy Domingo (ver Mc 4, 35-41), concluye con una pregunta que a su vez se convierte en el punto de partida de nuestra reflexión de hoy: “¿Quién es éste que hasta el viento y el mar le obedecen?” (Mc 4, 41). Nos hubiera gustado conocer la respuesta que San Marcos da a este interrogante, pero ella queda así, sin respuesta, para que cada uno de nosotros pueda dar su propio testimonio de fe de quién es Jesús.

El relato del Evangelio de hoy, nos trae la escena de la tempestad calmada por el Señor Jesús. Los Apóstoles están atravesando en barca el mar de Galilea, y Jesús iba durmiendo a popa, cansado después de una larga jornada de predicación y atención a la gente que le buscaba, en especial los enfermos. “En esto, se levantó una fuerte borrasca y las olas irrumpían en la barca, de suerte que ya se anegaba la barca” (Mc 4, 37). Así como para nosotros las fuerzas de un terremoto nos producen pánico y temor, para un galileo pescador, como eran la mayoría de los Apóstoles, las fuerzas amenazantes e incontrolables de las aguas en tempestad, despertaban un pavor único, más aún si iban en una barca tan pequeña y frágil como las que ellos usaban. Ante las fuerzas de las olas y los vientos desatados, los discípulos, a pesar de ser pescadores curtidos y experimentados, sienten pánico, y despiertan a Jesús diciéndole: “Maestro, ¿no te importa que perezcamos?” (Mc 4, 38).  

A los Apóstoles, les parece increíble que en una circunstancia tan desesperada en donde se estaban jugando la vida, Jesús pudiera dormir tan plácidamente como desentendiéndose del peligro. Pero no es nada de eso, porque las fuerzas de la naturaleza nada pueden contra Jesús quien, como Dios verdadero, es Señor de la Creación. En efecto lo que sigue del relato de nuestro Evangelio es algo impresionante: “Él, habiéndose despertado, increpó al viento y dijo al mar: «¡Calla, enmudece!» El viento se calmó y sobrevino una gran bonanza” (Mc 4, 39). El viento y el mar reconocen la voz de su Señor y le obedecen. Jesús a su vez les pregunta a sus discípulos: “¿Por qué estáis con tanto miedo? ¿Cómo no tenéis fe?” (Mc 4, 40). Ciertamente, Jesús se refiere al miedo natural que sintieron ante la fuerza de la tormenta. Era sin lugar a dudas el miedo a morir, a perecer. Pero hay un detalle muy interesante en el Evangelio de hoy: Si en un primer momento los Apóstoles habían temido las fuerzas de la naturaleza, ahora ante la acción portentosa del Señor, “se llenaron de gran temor” (Mc 4, 41).

Del “miedo”, los Apóstoles pasan al “temor”. En la Sagrada Escritura, el “temor” es distinto al “miedo”. “Temor”, es lo que siente el hombre cuando está frente a la inmensidad de la divinidad. Inmensidad, que le hace experimentar su pequeñez, su limitación, y sobre todo su pecado. Ahora los Apóstoles se preguntan unos a otros: “¿Quién es éste que hasta el viento y el mar le obedecen?”. Ellos, de alguna manera intuyen la respuesta: Sólo Dios, tiene poder y dominio sobre la naturaleza y sus elementos, sobre el viento impetuoso y el mar enfurecido. Su Maestro es sin lugar a dudas el Hijo de Dios vivo, el Dios verdadero encarnado.

Como buenos israelitas, los Apóstoles conocen la Sagrada Escritura y, por tanto, ante la escena de la tempestad calmada habrían recordado la respuesta de Dios a Job: “¿Quién encerró el mar con doble puerta, cuando del seno materno salía borbotando? ¡Llegarás hasta aquí, no más allá, le dije, aquí se romperá el orgullo de tus olas!” (Job 38, 8.11).    

El relato de la tormenta calmada contiene una profunda enseñanza para nuestra vida, más aún en estos tiempos de pandemia, en que todos, en algún momento, hemos experimentado el miedo ante la posibilidad de morir. Ante este miedo, se alza hoy también ante nosotros la pregunta de Jesús: “¿Por qué estáis con tanto miedo? ¿Aún no tenéis fe?” (Mc 4, 40). A veces las olas y los vientos de los problemas se alzan amenazantes en nuestra vida, como la de esta peste que nos asecha, y no vemos salida alguna. El miedo y la desesperación comienzan a apoderarse de nosotros. Entonces es cuando debemos recordar la frase de Jesús: “¿Aún no tenéis fe?”. Si Jesús está con nosotros, no debemos temer nada, nada nos debe turbar, ni siquiera la muerte.

En verdad, el mayor milagro de Jesús en el relato del Evangelio de hoy, fue el devolverles la paz a los discípulos. En el corazón de ellos ocurrió lo mismo que en la naturaleza, de una fuerte tormenta pasaron a gran bonanza, es decir a una gran calma, porque como dice el Salmo: “Los ojos del Señor están sobre sus fieles y sus oídos atentos a su clamor…Cuando lo invocan, el Señor escucha, y los libra de todas sus angustias” (Sal 34, 16.18).  

Al respecto nos dice el Papa Francisco: «¿Por qué tenéis miedo? ¿Aún no tenéis fe?». El comienzo de la fe es saber que necesitamos la salvación. No somos autosuficientes; solos, solos, nos hundimos. Necesitamos al Señor como los antiguos marineros las estrellas. Invitemos a Jesús a la barca de nuestra vida. Entreguémosle nuestros temores, para que los venza. Al igual que los discípulos, experimentaremos que, con Él a bordo, no se naufraga. Porque esta es la fuerza de Dios: convertir en algo bueno todo lo que nos sucede, incluso lo malo. Él trae serenidad en nuestras tormentas, porque con Dios la vida nunca muere.[1]

Ante la crisis que vivimos: es imperioso volver al Señor

En los actuales momentos en que el Perú pasa por una crisis sanitaria, económica, educativa, social y política sin precedentes en su historia republicana, agravada por la difícil coyuntura que vivimos de polarización y crispación política electoral, el Evangelio de hoy nos recuerda que la paz y la amistad social que anhelamos, sólo se encuentran en Cristo, donde la Verdad y el Amor se identifican.

Se hace imperioso volver al Señor, volver a su amor. Sí, a ese amor que es capaz de vencer el odio que hoy parece haberse enquistado en el corazón de no pocos peruanos. Pero no olvidemos que, “la verdad preserva y expresa la fuerza liberadora de la caridad…porque sin verdad, sin confianza y amor por lo verdadero, no hay conciencia y responsabilidad social, y la actuación social se deja a merced de intereses privados y de lógicas de poder, con efectos disgregadores sobre la sociedad”.[2]

La verdad, en todos los ámbitos de nuestra vida, hoy de manera especial en el electoral, es fundamental para construir juntos un Perú justo y reconciliado, que le permita a nuestra Nación, con ocasión del Bicentenario de su Independencia, vivir con pasión su presente y proyectarse con ilusión y confianza a su futuro.  

¡Feliz Día Papa!

El día de hoy celebramos también el “Día del Padre”. Recordamos en nuestra oración a todos nuestros papás, especialmente a los ya fallecidos, y entre estos últimos a quienes el Señor ha llamado a su presencia durante la pandemia. Pedimos con fe y esperanza que ya gocen de la felicidad eterna del Cielo.

Querido Papá: La fiesta de hoy te debe llevar a descubrir la belleza de tu familia, el don de tu esposa y de tus hijos, para que así no seas un padre ausente, demasiado dedicado al trabajo u otros asuntos, que se pierde de lo esencial que es el don de su familia. Pregúntate hoy: ¿Eres un padre presente en la vida de tu familia? ¿Eres cercano a tu esposa y a tus hijos? Como nos enseña el Papa Francisco, un buen padre quiere hijos sabios y libres, les enseña lo que no saben, corrige sus errores y les hace sentir un afecto profundo y al mismo tiempo discreto. Un padre cristiano es un padre paciente con sus hijos, y junto con su esposa reza por ellos y les procura a su debido tiempo los sacramentos del bautismo, la confirmación y la primera comunión. Un buen padre sabe perdonar desde el fondo de su corazón a sus hijos cuando se equivocan, pero también sabe corregirlos con firmeza cuando es necesario, pero sin humillarlos.

Un buen padre no es un padre débil, cómplice y condescendiente. Un buen padre sabe dar la vida por su familia.     

Y a ti esposa, hijo o hija, te digo: No dejes de expresarle a tu esposo y a tu padre tu gratitud, cariño y solicitud por todo lo que él hace por ustedes. Comprendan que él es la cabeza del hogar y que la autoridad que ejerce es la cumbre de su paternidad y de su servicio a la unidad de su familia. Mi deseo en esta fecha es que la familia cristiana comprenda que, en el equilibrio entre la autoridad, la obediencia y la libertad, está la base para una auténtica comunión familiar fundada en el respeto a la vocación de cada uno.

Queridos papás: En este año dedicado a San José, esposo de la Virgen María y padre legal de Jesús, que él sea tu modelo a seguir. Como San José, se custodio de tu esposa y del crecimiento de tus hijos en edad, sabiduría y gracia. Además de educarlos en todo lo humano, muéstrales a tus hijos la belleza de ser cristiano; enséñales que Jesús es la felicidad con la que sueñan, el Único capaz de llenar el corazón de plenitud y sentido, y con el cual podrán hacer algo grande de sus vidas, y así contribuir a edificar una sociedad más justa.  Que en esta fecha tan significativa recordemos también que el verdadero y único matrimonio es entre un varón y una mujer, el cual es el fundamento de la familia, el gran don que Dios ha hecho a la humanidad. Amén. 

San Miguel de Piura, 20 de junio de 2021
XII Domingo del Tiempo Ordinario

[1] S.S. Francisco, Homilía Extraordinario de oración por la pandemia, 27-III-2020.

[2] S.S. Benedicto XVI, Carta encíclica Caritas in veritate, n. 5.

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domingo 20 junio, 2021