HOMILÍA DEL ARZOBISPO METROPOLITANO DE PIURA EN EL V DOMINGO DE PASCUA

“Sin Jesús nada podemos”           

Si una persona por más capacidades y talentos que tenga nos dijera: “Sin mí nada pueden hacer”, sin duda la consideraríamos como alguien fatuo y presuntuoso. Pero esta afirmación la dijo Jesús de sí mismo en la hermosa alegoría de la vid y los sarmientos que hemos escuchado (ver Jn 15, 1-8), y desde aquel entonces una multitud de hombres y de mujeres a lo largo de la historia, lejos de considerar esta afirmación del Señor como una pretensión, han estado convencidos de su veracidad, y unidos a Cristo, han logrado cosas asombrosas, porque para Dios no hay nada imposible (ver Lc 1, 37). La vida y obra de los santos es la mejor prueba de ello. 

Como decía, el texto evangélico que hoy nos ocupa, es la hermosa alegoría de la vid. En ella, Jesús afirma: “Yo soy la vid verdadera, y mi Padre es el viñador” (Jn 15, 1), e inmediatamente añade: “Así como el sarmiento no puede dar fruto por sí mismo, sino permanece en la vid”, de la misma manera, “tampoco vosotros si no permanecéis en Mí” (Jn 15, 4). 

Con la alegoría de la vid, Jesús nos quiere enseñar dos cosas. En primer lugar, que nuestra relación con Él es una relación vital que supera con creces a la simple relación de un maestro con su discípulo, ya que si no estamos unidos a Él simplemente no tenemos vida, como el sarmiento que si no está unido a la vid se seca.  

Por eso esta mañana sería bueno que nos preguntemos: Yo, ¿permanezco en Jesús o estoy lejos de Él? ¿Vivo en gracia de Dios, que es una participación en su misma vida divina, o vivo en pecado y por tanto lejos de Él? La vida cristiana consiste en permanecer en Jesús, porque aquel que no está unido a Él termina secándose y muriendo. No tiene vida y no puede dar fruto. Por tanto, es vital y esencial estar adheridos al Señor. Sólo así recibimos de Jesús su amor, su misma vida divina, su gracia, la vida eterna.

Ahora bien, podemos además preguntarnos: Y, ¿cómo permanecemos en Jesús? ¿Cuáles son los medios para estar unidos y arraigados al Señor y vivir en gracia de Dios? Los principales son: La oración, la comunión eclesial, la participación en la Eucaristía, la practica frecuente de la confesión sacramental, y la piedad filial mariana, porque María siempre nos lleva más plenamente al Señor Jesús.

Quisiera insistir un poco en la comunión eclesial, porque, “permanecer en Cristo significa, permanecer también en la Iglesia. Toda la comunidad de los creyentes está firmemente unida en Cristo, la vid. En Cristo, todos nosotros estamos unidos. En esta comunidad, Él nos sostiene y, al mismo tiempo, todos los miembros se sostienen recíprocamente. Juntos resistimos a las tempestades y ofrecemos protección unos a otros. Nosotros no creemos solos, creemos con toda la Iglesia de todo lugar y de todo tiempo, con la Iglesia que está en el cielo y en la tierra”.[1]

Pero les decía que con está parábola o alegoría de la vid, Jesús nos quería enseñar dos cosas. Ya hemos visto la primera, ¿cuál es la segunda? Simplemente que, sin la gracia, el hombre no puede hacer nada. Podremos hacer muchas cosas como comer, beber, construir, llevar adelante proyectos, diseñar negocios, etc., pero sin Él no podemos hacer nada que tenga trascendencia para la eternidad, y nuestro destino es la vida eterna. Sólo unidos a Jesús podemos llegar a ser en todo semejantes a Él y hacer las mismas cosas que Él hacía: Orar al Padre, obrar el bien, amar a los demás, curar a los enfermos, ayudar a los pobres, tener la alegría del Espíritu Santo, ser sembradores de esperanza, etc. Es decir, hacer las obras que nos abren las puertas del Cielo y nos permiten edificar un mundo que sea un verdadero adelanto del Reino.

Nada digno del ser humano puede hacer el hombre separado de Cristo, considerando que el hombre tiene una sola vocación: La vida eterna. Ninguno de nosotros ha sido creado para agotar su existencia aquí en la tierra. Nuestra misión es estar unidos a la vid para dar fruto abundante y “un fruto que permanezca” (Jn 15, 16), es decir, un fruto eterno. El sarmiento, que no da este fruto porque está separado de la vid, que es Cristo, “es arrojado fuera, como el sarmiento, y se seca; luego los recogen, los echan al fuego y arden” (Jn 15, 6).    

Como afirma el Papa Francisco: “Cuando somos íntimos con el Señor, como son íntimos y unidos entre sí la vid y los sarmientos, somos capaces de dar frutos de vida nueva, de misericordia, de justicia y de paz, que derivan de la Resurrección del Señor. Es lo que hicieron los santos, aquellos que vivieron en plenitud la vida cristiana y el testimonio de la caridad, porque eran verdaderos sarmientos de la vid del Señor. Pero para ser santos «no es necesario ser obispos, sacerdotes, religiosas o religiosos […] Todos estamos llamados a ser santos viviendo con amor y ofreciendo el propio testimonio en las ocupaciones de cada día, allí donde cada uno se encuentra» (Gaudete et Exsultate, n. 14). Todos nosotros estamos llamados a ser santos; debemos ser santos con esta riqueza que recibimos del Señor resucitado. Cada actividad —el trabajo, el descanso, la vida familiar y social, el ejercicio de las responsabilidades políticas, culturales y económicas— cada actividad, pequeña o grande, si se vive en unión con Jesús y con actitud de amor y de servicio, es una ocasión para vivir en plenitud el Bautismo y la santidad evangélica”.[2]

El padre Jorge Loring S.J., quien fuera un gran apologeta y autor del best seller “Para Salvarte”, hace esta profunda reflexión sobre la Parábola de la Vid y los Sarmientos, que considero nos ayuda a poder aplicar esta hermosa e iluminadora parábola a nuestra vida cristiana, ya que el Señor al darnos su gracia, quiere que cooperemos con ella activamente. Dice el Padre Loring: “Dios quiere nuestra colaboración. Dijo San Agustín y lo repite el Concilio de Trento: «Dios quiere que hagamos lo que podamos, le pidamos lo que no podamos y Él nos ayudará para que podamos». [3] Dios pone casi todo, nosotros ponemos casi nada. Pero Dios no pone su «casi todo» si nosotros no ponemos nuestro «casi nada». Por eso si unimos nuestra oración a nuestra colaboración, el éxito es seguro. Y si el éxito no se logra, es porque Dios no quiere, y si Dios no lo quiere, nosotros tampoco debemos quererlo…Hagamos siempre lo que Dios quiere y queramos siempre lo que Dios hace”.  

Maratón de Rosarios por el fin de pandemia y el Perú

Quiero terminar esta homilía reiterandoles mi invitación para que en este mes de Mayo, Mes de María, recemos fervorosamente cada día el Santo Rosario en nuestras comunidades, familias, centros de labores, de estudio, o personalmente.

Como lo anhela el Papa Francisco, que en mayo, se eleve incesante nuestra oración al Señor, por medio de María, por el fin de la pandemia, y me atrevo a añadir, también por el Perú. Que por la poderosa intercesión de Santa María, nuestra Patria se vea libre de todo peligro presente y futuro que ponga en riesgo la paz, el orden social y los derechos fundamentales de todos los peruanos. Que nuestra Madre, nos ayude a preservar nuestra frágil democracia, y con ella la libertad, la justicia, la unidad y la paz en el Perú. Sin Jesús nada podemos alcanzar o hacer, pero con Él todo lo podemos, y no hay camino más seguro para llegar al Señor y estar unidos a Él y dar fruto, que aquel que pasa por el Corazón Inmaculado y Doloroso de María Santísima, su Madre, y nuestra también.

Que María Santísima, nos ayude a permanecer en Jesús, como sarmientos a la vid, y a no separarnos nunca de su amor. Nada, de hecho, podemos sin Él, porque nuestra vida es Cristo vivo, presente en la Iglesia y en el mundo.

San Miguel de Piura, 02 de mayo de 2021
V Domingo de Pascua


[1] S.S. Benedicto XVI, Homilía en el Estadio Olímpico de Berlín, 22-IX-2011.

[2] S.S. Francisco, Angelus, 29-IV-2018.

[3] Ver San Agustín, Tratado sobre el Evangelio de San Juan, Tratados 80 y 81.

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domingo 2 mayo, 2021