HOMILÍA DEL ARZOBISPO METROPOLITANO DE PIURA EN EL DOMINGO XVIII DEL TIEMPO ORDINARIO 2021

“¡Señor, danos siempre de ese pan!”

El domingo pasado comenzamos la lectura del capítulo sexto del Evangelio según San Juan que, como bien sabemos, recoge el hermoso discurso de Jesús, el “Pan de Vida”. Asimismo, el domingo pasado dijimos que la meditación de este pasaje evangélico nos permite poder reflexionar sobre el don del Sacramento de la Eucaristía, el tesoro más valioso que la Iglesia tiene en su peregrinar por este mundo, porque el “contiene todo el bien espiritual de la Iglesia, es decir, a Cristo mismo, nuestra Pascua y Pan de Vida, que da la vida a los hombres por medio del Espíritu Santo”.[1] El Catecismo de la Iglesia Católica enseña, “que la Eucaristía es fuente y cumbre de toda la vida cristiana. Todos los demás sacramentos, como también todos los ministerios eclesiales y las obras de apostolado, están unidas a la Eucaristía y a ella se ordenan”.[2]

Después de la multiplicación de los panes, la multitud entusiasmada por el milagro-signo, “fueron a Cafarnaúm, en busca de Jesús” (Jn 6, 24). Lo buscan, no porque crean en Él como el Hijo de Dios vivo, como el camino, la verdad y la vida (ver Jn 14, 6), sino por el beneficio o el interés material que Él puede darles. Es lo que les dice el mismo Señor cuando lo encuentran: “En verdad, en verdad os digo: vosotros me buscáis, no porque habéis visto señales, sino porque habéis comido de los panes y os habéis saciado” (Jn 6, 26).

Como vimos el domingo pasado, el Señor Jesús los había saciado con el pan material, con la intención de llevarlos a que descubrieran que Él es el “pan de vida eterna”, que sacia y colma todos los anhelos de felicidad y plenitud que tiene el corazón humano.

Ciertamente, Jesús había multiplicado los panes movido por auténtica caridad. En efecto, antes de hacer el milagro Él dijo a sus discípulos: “Siento compasión de esta gente, porque hace ya tres días que permanecen conmigo y no tienen qué comer” (Mc 8,2). Pero como hemos dicho, el milagro-signo de la multiplicación de los panes tenía, además del fin de la caridad, el propósito de llevar a la multitud al conocimiento de un bien superior, por eso en el Evangelio de hoy, Jesús les dice a quienes lo buscan: “Obrad, no por el alimento perecedero, sino por el alimento que permanece para la vida eterna, el que os dará el Hijo del hombre, porque a Éste es a quien el Padre, Dios, ha marcado con su sello” (Jn 6, 26-27).

El alimento visible, material y perecedero que Jesús dio a la multitud, está ordenado al alimento de vida eterna que les promete. Es por tanto un signo de ese alimento. Ahora bien, creer en Jesús y seguir a Jesús, asegura ese alimento de felicidad e inmortalidad. Por eso el Señor les dirá: “La obra de Dios es que creáis en quien Él ha enviado” (Jn 6, 29). De manera análoga podemos afirmar que, toda la obra asistencial y de promoción humana de la Iglesia, se encamina ciertamente a practicar la caridad con los más pobres y necesitados, pero con el fin supremo de llevar a aquellos hermanos que son objeto de nuestro amor fraterno, a la fe en Cristo, y por medio de ello, a la salvación eterna.   

Los judíos, educados en desconfiar de todo aquel que se presenta ante ellos como el Mesías prometido, le piden a Jesús una “señal” para creer, una señal que lo acredite como el esperado de los tiempos. Por eso le replican al Señor: “Qué señal haces para que viéndola creamos en ti? ¿Qué obra realizas?” (Jn 6, 30). Y le ponen un ejemplo: Moisés fue acreditado como el enviado de Dios porque él les dio el maná, el pan del cielo. Por eso le dicen a Jesús: “Nuestros padres comieron el maná en el desierto, según está escrito: Pan del cielo les dio a comer” (Jn 6, 31). Jesús les responderá, que el maná no fue un verdadero “pan del cielo”, porque aquellos que lo comieron murieron. Es más, les dirá que ese milagro acontecido en la vida de Israel en el desierto, era un símbolo de un pan futuro; fue anuncio de un pan verdadero que dará la vida eterna. Por eso el Señor les contestará:  “No fue Moisés quien os dio el pan del cielo; es mi Padre el que os da el verdadero pan del cielo; porque el pan de Dios es el que baja del cielo y da la vida al mundo” (Jn 6, 32-33).

La reacción de los judíos no se hace esperar: “Señor, danos siempre de ese pan” (Jn 6, 34). Ellos expresan el anhelo de vida y de una vida sin fin que late en el fondo de todo corazón humano, de una plenitud que colme todas las ansias que tiene el hombre. Jesús, aprovecha este anhelo para hacer la revelación central y fundamental de quién es Él: “Les dijo Jesús: Yo soy el pan de la vida. El que venga a mí, no tendrá hambre, y el que crea en mí, no tendrá nunca sed” (Jn 6, 35).

El hambre y la sed expresan una carencia material manifestada por un agudo malestar corporal. Quienes las han padecido, pueden dar testimonio de ello, y de lo terrible que es sufrirlas.

El cuerpo humano, cuando padece hambre y sed, sufre y grita. Ahora bien, podemos decir que a quienes les falta un contacto vital con Jesús, sufren de un hambre y de una sed infinitamente mayores a las corporales, porque sin Cristo en sus vidas, carecen de aquel  alimento y de aquella agua viva capaz de saciar el hambre y la sed de felicidad, de realización, de plenitud, de verdad, de amor, y de eternidad que tiene el corazón humano. Sólo Jesús es capaz de hacer de nuestras vidas algo grande que se proyecte a nuestra plena realización en el cielo. Por eso nosotros hoy también exclamamos: “¡Señor, danos siempre de ese pan!”.

Comentando nuestro Evangelio dominical, el Papa Francisco nos dice:  

“La obra de Dios es que creáis en quien Él ha enviado» (Jn 6, 29). Estas palabras están dirigidas, hoy, también a nosotros: la obra de Dios no consisten tanto en el «hacer» cosas, sino en el «creer» en Aquel que Él ha mandado. Esto significa que la fe en Jesús nos permite cumplir las obras de Dios. Si nos dejamos implicar en esta relación de amor y de confianza con Jesús, seremos capaces de realizar buenas obras que perfumen al Evangelio, por el bien y las necesidades de los hermanos. El Señor nos invita a no olvidar que, si es necesario preocuparse por el pan, todavía más importante es cultivar la relación con Él, reforzar nuestra fe en Él que es el «pan de la vida», venido para saciar nuestra hambre de verdad, nuestra hambre de justicia, nuestra hambre de amor”.[3]

Que María Santísima, quien gracias a su gran fe hizo posible el misterio de la Encarnación, y de esta manera que el Pan de Vida Eterna bajara del cielo, nos ayude a comprender que el anhelo de felicidad y de eternidad que tiene nuestro corazón humano, sólo se sacia por la fe en su Hijo.  

Que Ella, nos encamine cada domingo a la Eucaristía, con asombro y amor, para que podamos recibir con fe y piedad el verdadero Pan del Cielo, que baja para dar vida al mundo, y que no es otro, sino Jesucristo, su divino Hijo, nuestro Señor.

San Miguel de Piura, 01 de agosto de 2021
XVIII Domingo del Tiempo Ordinario

[1] Concilio Vaticano II, Decreto Presbyterorum Ordinis, n. 5

[2] Catecismo de la Iglesia Católica, n. 1324.

[3] S.S. Francisco, Angelus, 5-VIII-2018.

Puede descargar el archivo PDF de esta Homilía pronunciada por nuestro Arzobispo AQUÍ

domingo 1 agosto, 2021