HOMILÍA DEL ARZOBISPO METROPOLITANO EN EL XXII DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO 2021

“El espíritu de la ley es el Amor”

Después de haber meditado en el discurso del “Pan de Vida” por cinco domingos (ver Jn 6, 1-71), retomamos hoy la lectura del Evangelio según San Marcos. No nos olvidemos que este Evangelista, es quien nos acompaña este año en la Misa dominical, para que juntos con él, y asistidos por el Espíritu Santo, ahondemos en la vida y enseñanzas de nuestro Señor Jesucristo.

La lectura de hoy (ver Mc 7, 1-8.14-15.21-23), nos presenta una discusión de Jesús con los fariseos y escribas en torno a ciertas observancias de la ley judía. Todo comienza a partir del hecho que los judíos advierten que los discípulos de Jesús comían con manos impuras, es decir sin haberse lavado las manos. Por eso le preguntan a Jesús: “¿Por qué tus discípulos no viven conforme a la tradición de los antepasados, sino que comen con manos impuras?” (Mc 7, 5). San Marcos, a modo de explicación añade: “Y es que los fariseos y todos los judíos no comen sin haberse lavado las manos hasta el codo, aferrados a la tradición de los antiguos…y hay otras muchas cosas que observan por tradición, como la purificación de copas, jarros y bandejas” (Mc 7, 3-4).

Para nosotros, que vivimos hoy en día en medio de una pandemia, nos podría parecer razonable y justo el pedido de los fariseos y de los escribas, ya que como bien sabemos el lavado constante de las manos es parte vital de nuestra lucha contra el Covid-19.

Pero en el caso que nos ocupa, el asunto va más allá de una simple norma de higiene, por eso ante la observación de los fariseos, Jesús reacciona fuertemente contra ellos: “Bien profetizó Isaías de vosotros, hipócritas, según está escrito: «Este pueblo me honra con los labios, pero su corazón está lejos de mí. En vano me rinden culto, ya que enseñan doctrinas que son preceptos de hombres. Dejando el precepto de Dios, os aferráis a la tradición de los hombres»” (Mc 7, 6-8). 

Esta recia respuesta del Señor nos permite entender cuál es en verdad la cuestión de fondo, y nos explica por qué el pasaje evangélico de hoy mantiene su permanente vigencia e interés. Efectivamente, como ya lo he mencionado, la respuesta de Jesús nos revela que no se trata de una simple cuestión de higiene, sino de un asunto religioso. En los tiempos de Jesús, la ley santa que Dios había dado a su pueblo, se había llenado de una serie de preceptos humanos, por eso el Señor les increpa que han dejado los mandamientos de Dios para aferrarse a la tradición de los hombres.

En los tiempos del Señor, la ley que Dios había dado a su pueblo, se había desconectado de su origen y se había transmitido en un código externo, de cuyo cumplimiento dependía la salvación. Es decir, los judíos habían descuidado los mandamientos de Dios para cumplir con tradiciones humanas, y habían llegado a la errónea conclusión de que, si observaban todas estas tradiciones, Dios los tenía necesariamente que salvar. Por lo tanto, la salvación dependía del propio esfuerzo personal, y ya no era obra e iniciativa gratuita y generosa de Dios-Amor.

Si esto fuera verdad, cosa que no lo es, entonces la pasión, muerte y resurrección del Señor Jesús no tiene sentido. Es lo que claramente enseña San Pablo al decirnos: “No tengo por inútil la gracia de Dios, pues si por la ley se obtuviera la justificación, entonces hubiese muerto Cristo en vano” (Gal 2, 21). 

Con su dura respuesta, lo que Jesús condena es la autosuficiencia en la que habían caído los judíos, y en la que también solemos caer nosotros algunas veces. El autosuficiente piensa insensatamente que no necesita ni de Dios ni de los demás, que se basta a sí mismo; no se pone al servicio de Dios y de los demás, sino que pone a Dios y a los demás a su servicio. El autosuficiente, no se siente necesitado de misericordia, de perdón, de ayuda, y por ello se vuelve incapaz de experimentar el amor de Dios, es decir, la gratuidad y necesidad de su gracia, así como el don de la fraternidad.  

Todo lo anterior, nos lleva entonces a concluir que, la ley de Dios es buena, y que hay que observarla, sobre todo su núcleo más esencial constituido por los Diez Mandamientos. Así lo expresa el mismo Jesús cuando afirma en el Evangelio: “No penséis que he venido a abolir la Ley y los Profetas. No he venido a abolir, sino a dar cumplimiento” (Mt 5, 17). Y así también claramente se lo señala al joven rico: “Si quieres ganar la vida eterna, cumple los mandamientos” (Mt 19, 17). Pero cuando lo hagamos, hay que hacerlo con humildad y sin presunción, sin autosuficiencia, reconociendo que es la gracia de Dios la que me permite cumplir con los mandamientos, porque sin la gracia del Señor, mis esfuerzos humanos nada pueden lograr por sí solos. La gracia siempre antecede, sustenta y sella todo mi obrar cristiano.

Ahora bien, toda la ley y los profetas, se resumen en el único mandamiento del Amor. Recordemos sino el diálogo del Señor con un maestro de la ley: “Un maestro de la ley que había oído la discusión…se le acercó y le preguntó: «¿Cuál es el primero de todos los mandamientos?» Jesús respondió: «El primero es: Escucha, Israel: el Señor, Dios nuestro, es el único Señor; y amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma, con toda tu mente y con todas tus fuerzas». El segundo es éste: «Amarás a tu prójimo como a ti mismo. No hay mandamiento mayor que éstos»” (Mc 12, 28-31).

Frente al mandamiento del Amor, ninguno de nosotros puede presumir de haberlo cumplido para que Dios nos “deba” la salvación. Más aún, nosotros recién hemos conocido lo que es el Amor gracias a Jesús, y la muerte y resurrección del Señor, nos han dado la posibilidad de amar de verdad. Sin la gracia de Cristo es imposible amar.

Esa es, entre otras, la razón por la que venimos a la Santa Misa cada Domingo, y con un corazón limpio de pecado, nos acercamos con humildad, a recibir el Cuerpo y la Sangre de Jesús, porque sabemos que, si no estamos unidos a Cristo, como el sarmiento lo está a la vid, no podemos hacer nada (ver Jn 15, 5), no podemos amar, y de esta manera tener vida y dar vida. Buscamos a Jesús en la Santa Eucaristía, porque somos conscientes que cuando nos alimentamos de su Cuerpo y de su Sangre, su Amor pasa a nosotros, haciéndonos capaces de amar, es decir, de dar también nosotros la vida por nuestros hermanos, y no vivir para nosotros mismos.

Finalmente, como nos advierte el Papa Francisco, en el Evangelio de hoy, Jesús se centra sobre un aspecto más profundo cuando afirma: “«Nada que entra de fuera puede hacer al hombre impuro; lo que sale de dentro es lo que hace impuro al hombre»” (Mc 7, 15). De esta manera (el Señor) subraya el primado de la interioridad, es decir, el primado del «corazón». No son las cosas exteriores las que nos hacen o no santos, sino que es el corazón el que expresa nuestras intenciones, nuestras elecciones y el deseo de hacerlo todo por amor de Dios. Las actitudes exteriores son la consecuencia de lo que hemos decidido en el corazón y no al revés. Con actitudes exteriores, si el corazón no cambia, no somos verdaderos cristianos. La frontera entre el bien y el mal no está fuera de nosotros sino más bien dentro de nosotros. Podemos preguntarnos: ¿Dónde está mi corazón? Jesús decía: «tu tesoro está donde está tu corazón». ¿Cuál es mi tesoro? ¿Es Jesús, es su doctrina? Entonces el corazón es bueno. O ¿el tesoro es otra cosa? Por lo tanto, es el corazón el que debe ser purificado y convertirse. Sin un corazón purificado, no se pueden tener manos verdaderamente limpias y labios que pronuncian palabras sinceras de amor —todo es doble, una doble vida—, labios que pronuncian palabras de misericordia, de perdón. Esto lo puede hacer sólo el corazón sincero y purificado”.[1]

Que, por la intercesión de Santa María, el Señor nos conceda un corazón puro, libre de toda hipocresía. Este es el adjetivo que Jesús da a los fariseos en el Evangelio de hoy: “hipócritas”, porque dicen una cosa y hacen otra. Que María nos alcance un corazón libre de toda hipocresía, para que así seamos capaces de vivir según el espíritu de la ley y alcanzar su finalidad, que es la vivencia plena del amor.

San Miguel de Piura, 29 de agosto de 2021
XXII Domingo del Tiempo Ordinario

[1] S.S. Francisco, Angelus, 30-VIII-2015.

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domingo 29 agosto, 2021