CARTA PASTORAL DEL ARZOBISPO METROPOLITANO DE PIURA ANTE EL TRÁNSITO DE BENEDICTO XVI

CARTA PASTORAL
ANTE EL TRÁNSITO DE BENEDICTO XVI

Amados hermanos en el Divino Niño de Belén:        

Como es de conocimiento de todos ustedes, el día de hoy ha sido convocado a la Casa del Padre, nuestro querido Papa Emérito Benedicto XVI. En primer lugar, quiero pedirles a todos ustedes que elevemos nuestras oraciones por su eterno descanso, y a los sacerdotes de mi Iglesia particular, los invito a que ofrezcamos la Santa Misa por él. Su tránsito a la Casa del Padre se ha dado en pleno tiempo de Navidad, de esa Navidad de la cual Benedicto XVI afirmaba: “La Encarnación y el Nacimiento de Jesús nos invitan ya a dirigir nuestra mirada hacia su muerte y su resurrección. Tanto la Navidad como la Pascua son fiestas de la redención. La Pascua la celebra como victoria sobre el pecado y sobre la muerte: marca el momento final, cuando la gloria del Hombre-Dios resplandece como la luz del día; la Navidad la celebra como el ingreso de Dios en la historia haciéndose hombre para llevar al hombre a Dios: marca, por decirlo así, el momento inicial, cuando se vislumbra el resplandor del alba. Pero precisamente como el alba precede y ya hace presagiar la luz del día, así la Navidad anuncia ya la cruz y la gloria de la Resurrección”.[1]

Nuestro querido Papa Emérito ha llegado ya al otro mundo donde, como era su anhelo, le han acogido sus muchos amigos. En Cristo resucitado se ha unido a ellos por toda la eternidad.

Son muchísimas y hermosas las lecciones de vida que Benedicto XVI nos deja. Su vida ejemplar de sacerdote, obispo, cardenal, y de Sumo Pontífice, se caracterizó por un magisterio valiente anunciando la Verdad que reconcilia y salva. Él siempre se definió como un “Colaborador de la Verdad”. ¡Y vaya que lo fue! Ahí está como testimonio su luminoso Magisterio Pontificio y su elocuente “Opera Omnia”, que en 16 volúmenes recoge sus principales escritos y enseñanzas, en los cuales comprobamos su profundo amor por Jesucristo y la Iglesia, su reverente piedad y fervor por la Liturgia y el Ministerio Sacerdotal, así como sus enseñanzas sobre las “realidades últimas”, es decir, sobre el más allá o las postrimerías de la muerte y la vida eterna. Benedicto XVI nos enseñó que la ideología no puede sustituir a la realidad, ni lo políticamente correcto a la Verdad, y que la fe de la Iglesia no es una opinión. Es uno de los más grandes teólogos de nuestros tiempos, que ha formado y seguirá formando a muchas generaciones de teólogos y cristianos.

Durante los ocho años de su Pontificado (2005-2013), supo darse sin reservas a Cristo. Siempre sirvió a la Iglesia con fidelidad, y desprendimiento. Su amor por el Señor Jesús, fue la pasión dominante de su vida, esforzándose por mostrar a la Iglesia como el camino hacia Dios y el lugar del encuentro con Cristo, ya que sin el Señor como referente, el hombre se desvanece y sucumbe.

Benedicto XVI era muy consciente de esta enseñanza central de Jesús en el Evangelio: “Si os mantenéis en mi Palabra, seréis verdaderamente mis discípulos, y conoceréis la verdad y la verdad os hará libres…Yo soy la Verdad” (Jn 8, 31-32 y Jn 14, 6). Por eso, a tiempo y a destiempo, proclamaba a Cristo como la Verdad que manifiesta plenamente el hombre al propio hombre y le descubre la sublimidad de su vocación.

Nuestro querido Papa Francisco definió a Benedicto XVI como profeta de la Iglesia del futuro: “Fue un profeta de esta Iglesia del futuro, una Iglesia que se hará más pequeña, perderá muchos privilegios, será más humilde y auténtica y encontrará energía para lo esencial. Será una Iglesia más espiritual, más pobre y menos política: una Iglesia de los pequeños. Como obispo, Benedicto había dicho: preparémonos para ser una Iglesia más pequeña. Esta es una de sus intuiciones más ricas”.[2]

No podemos dejar de mencionar su gran defensa de la dignidad de la persona humana, especialmente de los pobres, su intensa promoción de la familia fundada en el matrimonio entre un varón y una mujer, ya que sin familias fuertes no hay sociedades ni países fuertes, y su ardorosa defensa de la vida naciente: “En el hombre, en todo hombre, en cualquier fase o condición de su vida, resplandece un reflejo de la misma realidad de Dios. Por eso el Magisterio de la Iglesia ha proclamado constantemente el carácter sagrado e inviolable de toda vida humana, desde su concepción hasta su fin natural. Este juicio moral vale ya al comienzo de la vida de un embrión, incluso antes de que se haya implantado en el seno materno, que lo custodiará y nutrirá durante nueve meses hasta el momento del nacimiento: La vida humana es sagrada e inviolable en todo momento de su existencia, también en el inicial que precede al nacimiento”.[3]

Asimismo, debemos destacar su grandeza de espíritu, manifestada en su renuncia al Pontificado, anunciada el 11 de febrero de 2013, y hecha efectiva el 28 de febrero de ese mismo año.  A través de ella nos dio a todos una lección de humildad heroica y de gran valor. En el santuario de su conciencia, y de cara a Su Señor, Benedicto XVI vio claramente en aquel momento de su vida, el deber de dimitir a su ministerio petrino, enseñándonos a comprender que el poder es servicio y amor, y que el bien de la Iglesia, y de la humanidad a la cual Ella sirve, está por encima de cualquier otra motivación. Como dijo en su última audiencia pública: “Le he pedido a Dios con insistencia, en la oración, que me iluminase con su luz para hacerme tomar la decisión más justa no por mi bien, sino por el bien de la Iglesia. He hecho todo esto en la plena conciencia de su gravedad y también novedad, pero con profunda serenidad de ánimo. Amar a la Iglesia significa también tener la valentía de tomar decisiones difíciles, sufridas, teniendo siempre delante el bien de la Iglesia y no de nosotros mismos…No abandono la cruz, continúo de modo nuevo ante el Señor crucificado”.[4] Recogido en oración en estos últimos años de su vida, lo ofreció todo por la Iglesia y la humanidad, incluso sus sufrimientos como, por ejemplo, cuando recientemente fue injusta y vilmente atacado de inacción y encubrimiento frente a los abusos sexuales de menores, cuando en verdad luchó abiertamente contra esta lacra de la Iglesia desde el principio.  

Nuestro querido Benedicto XVI parte al encuentro de Dios-Amor en la víspera de la gran solemnidad de Santa María Madre de Dios. Por ello, le pedimos a la Madre de Jesús y de la Iglesia, que hoy conduzca a nuestro querido Papa Emérito al encuentro de vida con su Divino Hijo en el Cielo, a aquella Santa María a quien él le rezaba con dulzura y total confianza filial:  

“Tú, Señora mía, mi consuelo de Dios,
ayuda de mi inexperiencia,
acoge la súplica que te dirijo.

Al regreso glorioso de tu Hijo, nuestro Dios,
defiende con tu materna intercesión
nuestra fragilidad humana
y acompáñanos hasta la vida eterna
con tu mano afectuosa,
tú que eres poderosa por ser Madre”.[5]

Que Dios Uno y Trino, conceda a su Siervo Benedicto XVI, a quien constituyó sucesor de Pedro y Pastor de toda la Iglesia, la paz y el gozar eternamente en el Cielo, de la gracia y del amor.

Con mi bendición pastoral.

San Miguel de Piura, 31 de diciembre de 2022
Día VII de la Octava de la Natividad del Señor

[1] S.S. Benedicto XVI, Audiencia General, 21-XII-2011.

[2] S.S. Francisco, Conversación privada con los jesuitas de Malta, 03-IV-2022.

[3] S.S. Benedicto XVI, Discurso a la Academia Pontificia de la Vida, 27-II-2006.

[4] S.S. Benedicto XVI, Audiencia de los Miércoles, 27-II-2013.

[5] S.S. Benedicto XVI, Oración ante el Icono de la Virgen Salus Populi Romani, 07-V-2005.

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