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Carta Pastoral con ocasión del mes de octubre PDF Imprimir E-Mail
Carta Pastoral
a los sacerdotes,
consagrados, consagradas y fieles laicos
de la Arquidiócesis de Piura
con ocasión del mes de Octubre

1. El Señor Jesús en su infinita misericordia nos concede un nuevo Octubre, un mes lleno de religiosidad y de fervor católico para nuestro pueblo. Muy pronto miles de piuranos y tumbesinos peregrinarán con fe y amor a Ayabaca para visitar al “Señor Cautivo”, o acompañarán por nuestras calles y plazas a la Sagrada Imagen del Señor de los Milagros en cada uno de sus recorridos procesionales. Así rendirán su homenaje de fe al indiviso Señor Jesús, el mismo ayer, hoy y siempre (ver Heb 13, 8).

Todo ello me mueve a escribirles con afecto esta breve Carta Pastoral, la primera desde mi llegada a esta acogedora Arquidiócesis, que con tanto cariño me ha recibido como aquel que viene a servir en nombre del Señor.

Lo hago con el deseo de compartir con ustedes algunas reflexiones que considero pueden ayudarnos a vivir este tiempo como tiempo de gracia y salvación (ver 2 Cor 6, 2).

Sólo el Señor Jesús, da plenitud de vida a la humanidad

2. Surgen en nosotros de manera espontánea algunas preguntas: ¿Por qué miles de hermanos nuestros peregrinan cada año en Octubre desde nuestras diversas ciudades y caseríos, durante varios días en actitud de penitencia y mortificación para visitar al “Señor Cautivo”? ¿Por qué este anhelo de ir a su encuentro? ¿Por qué otros tantos querrán encontrarse con Cristo a través de la Sagrada Imagen del “Señor de los Milagros” y lo acompañarán por largos momentos en la procesión?

La razón es porque el Señor Jesús es la respuesta definitiva a la pregunta sobre el sentido de la vida y a los interrogantes fundamentales que inquietan a tantos hombres y mujeres de nuestro tiempo 1. Él y sólo Él, es el camino a seguir para llegar a la plena realización personal, que culmina en el encuentro definitivo y eterno con Dios: «Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida. Nadie va al Padre sino por mí» ( Jn 14, 6).

La importancia de esta enseñanza es decisiva, ya que la felicidad que buscamos, la felicidad que tenemos derecho de saborear, tiene un nombre, un rostro: el de Jesús de Nazaret…Sólo Él da plenitud de vida a la humanidad 2.

San Ambrosio, Obispo de Milán, expresa esta hermosa verdad con estas bellas palabras: “Cristo lo es todo para nosotros: Si quieres curar una herida, él es médico; si tienes sed, es fuente; si estás oprimido por la iniquidad, es justicia; si necesitas ayuda, es fuerza; si temes la muerte, es vida; si deseas el cielo, es camino; si huyes de las tinieblas, es luz; si buscas alimento, es comida”3.

Santidad, Conversión, Apostolado y Caridad

3. Pero ir en búsqueda de Cristo para acogerlo como único Salvador del mundo, tiene importantes consecuencias y exigencias para nuestra vida cristiana. La primera y fundamental es la de aspirar seria y responsablemente a la santidad. Santidad que no es otra cosa sino desplegar la vida de Cristo recibida en la gracia bautismal hasta que podamos exclamar, “vivo yo, mas no yo, es Cristo quien vive en mí” (Gál 2, 20).

La devoción sincera al “Señor Cautivo” y al “Señor de los Milagros”, que son el único Señor Jesús, debe impulsarnos a una intensa vivencia de la santidad, exigencia de nuestro bautismo y por tanto vocación de todo cristiano sin excepción, en su particular vocación y estado de vida. Por ello Octubre es tiempo propicio para “proponer de nuevo a todos con convicción este alto grado de la vida cristiana ordinaria”4, que es la santidad, concientes de que no sólo no hay mayor tristeza que la de no ser santos, sino que no hay mayor irresponsabilidad para los tiempos que nos han tocado vivir que no aspirar responsablemente a ella.

Siguiendo al Santo Padre Benedicto XVI, podemos decir que la belleza de este tiempo de Octubre, está en el hecho de que somos invitados “a vivir nuestra vida ordinaria como un itinerario de santidad, es decir, de fe y de amistad con Jesús, continuamente descubierto y redescubierto como Maestro y Señor, camino, verdad y vida del hombre”5. Quien con fe se acerque al Señor, no puede menos que sentirse interpelado por Jesús a vivir la santidad. Así lo experimentaron San Pedro y San Pablo y por ello nos exhortan: “Así como el que os ha llamado es santo, así también vosotros sed santos en toda vuestra conducta, como dice la Escritura: Seréis santos, porque santo soy yo” (1 Pe 1, 15-16). “Ésta es la voluntad de Dios: vuestra santificación” (1 Tes 4, 3).

4. La segunda exigencia es la conversión sincera. Las devociones al “Señor Cautivo” y al “Señor de los Milagros” tienen como su color característico el color morado, color que expresa la necesidad de la conversión. Más aún ambas devociones están marcadas por prácticas penitenciales que nuestro pueblo creyente practica con sincero corazón. Todo ello nos habla de la necesidad de la conversión en nuestra vida. El encuentro con el Señor nos mueve a ello. Conversión, que además de ser un cambio de mentalidad o pensar para actuar con los criterios evangélicos, es un cambio que se dirige a la persona entera, es decir a su mente, corazón y acción.

Octubre es un mes para que cada uno se pregunte delante de Dios y ante sí mismo, ¿qué es aquello que debo cambiar? El deseo de conversión si es sincero se vive cada día y se concreta y manifiesta en nuestras relaciones: para ser mejor sacerdote, consagrado, consagrada, cónyuge, padre de familia o hijo; y en un campo más amplio, ser mejor vecino, trabajador o ciudadano. Y si nos abrimos aún más a la gracia saldrán muchas otras preguntas como pueden ser sobre nuestro perdón a quienes nos ofendieron y caridad hacia los que necesitan nuestra ayuda.

Es bueno recordar que sólo surgirá una Piura y un Tumbes nuevos, sólo surgirá el Perú nuevo que todos anhelamos, si hay piuranos y tumbesinos nuevos, con el sincero y exigente esfuerzo de ser mejores cristianos, en todo semejantes a Cristo, el Hombre nuevo y perfecto.

La conversión es un proceso continuo, suscitado y sostenido por el Espíritu Santo con nuestra libre cooperación y que dura toda la vida. De ahí que año tras año busquemos renovarnos constantemente en el encuentro con el Señor Jesús.

Conversión que es acoger siempre con la mente y el corazón el llamado que el Señor nos hace, luchando con toda constancia contra todo lo que en nuestra vida pueda estar en contraste con el Evangelio, esforzándonos en todo momento por despojarnos del “hombre viejo” (ver Ef 4, 22). Conversión que es vivir renovando nuestras resoluciones de vida, que es levantarse de las caídas y momentos de debilidad, apoyados siempre en la misericordia divina.

De esta manera la gracia que Dios derrama generosamente en nosotros no quedará estéril (ver 1 Cor 15, 10) y podremos repetir desde el fondo de nuestro ser: “es Cristo quien vive en mí” (Gál 2, 20).

Para lograr una conversión sincera el auxilio de la gracia es fundamental. Hay una primacía de la gracia que es decisiva, aunque no es menos cierto que ella exige, reclama nuestra activa cooperación. Por ello, en orden a consolidar nuestro proceso de conversión debemos alimentar nuestra vida interior de aquella vida que nos llega a través de los sacramentos. De ahí la importancia de la participación activa y consciente en la celebración de la Santa Misa, de manera especial en el Día del Señor, el día Domingo, celebración semanal de la Pascua, así como el recurso frecuente al sacramento de la Confesión también llamado de la Reconciliación. En este proceso de conversión, también son de gran ayuda la Visitas al Señor realmente presente en el Sagrario; la oración personal y comunitaria; la meditación de la Sagrada Escritura, leída siempre en sintonía con la Tradición de la Iglesia; y el rezo diario del Santo Rosario, entre otros medios espirituales. No hay que olvidar que Octubre es también el mes del Rosario, y por tanto tiempo privilegiado para recuperar y promover esta maravillosa oración en la familia y en nuestras comunidades.

Quisiera exhortar a todos los fieles a que en este mes de Octubre acudan con confianza al don del sacramento de la Reconciliación. Allí, en la persona del sacerdote, nos espera el mismo Señor Jesús, para abrirnos su corazón misericordioso y darnos el don de su perdón. No olvidemos que el sacramento de la Reconciliación es la vía ordinaria para alcanzar el perdón y la remisión de los pecados graves cometidos después del Bautismo6.

A mis queridos sacerdotes de la Arquidiócesis, quiero solicitarles que en Octubre dediquen todas las horas que les sean posibles, en sus parroquias, capellanías e iglesias, a oír confesiones. Les pido que ofrezcan a los fieles generosos horarios para administrar el don de la Divina Misericordia. ¡Cumplan bien con su vocación de ministros de la reconciliación! Desplieguen por tanto una gran capacidad de acogida, de escucha, de diálogo y de constante disponibilidad, dimensiones esenciales para que el ministerio de la reconciliación que nos ha sido confiado despliegue todo su esplendor. Dediquen tiempo y energía para escuchar las confesiones de nuestros fieles. La experiencia nos dice que allí donde hay un confesionario con un sacerdote, siempre se acercará un corazón arrepentido en busca de la misericordia divina.

5. En tercer lugar la búsqueda y el encuentro con el Señor Jesús nos debe mover al apostolado . Se trata de abrir ampliamente la mente y el corazón al Señor, de manera que encontrándonos con Él, seamos capaces de anunciarlo en primera persona, como quien se ha encontrado con Él7, como quien cree en el Señor y le cree al Señor Jesús.

Apostolado que es ir al encuentro de la persona del hermano, en su realidad concreta, respetando siempre su libertad, para compartir con él la mayor riqueza que poseemos: la fe, anunciándole al Señor Jesús, Reconciliador de la humanidad, como el único capaz de satisfacer su sed de felicidad y plenitud.

Frente a nosotros se abren diariamente un gran número de campos para el maravilloso anuncio de Cristo. Entre los más destacados se encuentran:

  • La familia , llamada a ser “Iglesia doméstica” y “cenáculo de amor” donde se viva la acogida del Espíritu, la integración entre sus miembros, el respeto a la libertad de cada uno y la apertura al don de la vida, desde una espiritualidad de la vida familiar que se nutra y sustente de la fe y del propósito de vivir y desplegar el Plan de Dios.
  • La juventud, tan hambrienta de Dios, y de encontrar en Cristo las respuestas al sentido de la vida y del mundo, pero al mismo tiempo tan asediada por una cultura que la satura de mensajes de materialismo, consumismo, y búsqueda de placer, que la llevan al egoísmo y la indiferencia.
  • La educación, que teniendo como modelo y sustento a la persona del Señor Jesús, ha de ser una educación evangelizadora, que contribuya a la edificación de una cultura más humana y reconciliada. Esta exigencia presupone la responsabilidad principal que tienen los padres de familia, los cuales tienen que predicar no sólo con la palabra sino también con el ejemplo.
  • La cultura, ya que el anuncio de la Buena Nueva del Señor Jesús, se dirige a todo hombre y a todo el hombre, es decir tiene en cuenta su rica y amplia realidad personal y cultural. Si vivimos nuestra fe realmente, ésta se manifestará en cultura. Difundamos y promovamos manifestaciones culturales recogiendo y rescatando los valores y la riqueza del mensaje y pensamiento católico. En esto los colegios, las universidades y las diferentes instituciones vinculadas al mundo de la cultura tienen un rol principal.
  • El mundo del trabajo, que constituye un campo de realización humana y que debe reflejar el modelo perfecto que es Cristo quien “trabajó como manos de hombre”8. No hay que olvidar además que el mundo del trabajo debe inspirar su actuar en la doctrina social de la Iglesia, consecuencia del Evangelio.
  • La defensa de la vida, desde su concepción hasta su fin natural. El hombre, creado a imagen y semejanza de Dios, posee una especialísima dignidad, cuya plena dimensión le ha sido manifestada en el Señor Jesús. Por ello, “en el ser humano, en cada ser humano, en cualquier fase o condición de su vida, resplandece un reflejo de la misma realidad de Dios. Por eso, el magisterio de la Iglesia ha proclamado constantemente el carácter sagrado e inviolable de cada vida humana, desde su concepción hasta su fin natural. Este juicio moral vale ya en el inicio de la vida de un embrión, antes que se implante en el seno materno”9.
  • Los medios de comunicación social, denominados por Juan Pablo II “el primer aereópago del tiempo moderno que está unificando a la humanidad”10, que cuando están al servicio de la verdad y no sólo de intereses lucrativos, ideológicos o de otro tipo, prestan un servicio invalorable al bien común y a la defensa de la dignidad de la persona humana y su destino trascendente.
  • La religiosidad popular, que es la expresión digna y tradicional del catolicismo de nuestro pueblo, y que si bien es cierto debe ser purificada en algunas manifestaciones que contradicen el sentido principal de la fiesta que es la de honrar a Dios y vivir con coherencia el compromiso cristiano, por su capacidad de congregar muchedumbres es ocasión privilegiada para que el mensaje del Evangelio llegue al corazón de las multitudes11.

6. Finalmente la búsqueda y el encuentro con Jesús, nos debe impulsar a una vivencia intensa de la caridad, al deseo de comprometernos fraterna y solidariamente con toda persona humana. Así lo manifestaba en mi homilía de toma de posesión: “Que nadie se sienta excluido de nuestro amor, pero que sean los más pobres y necesitados, es decir aquellos cuya dignidad y derechos se encuentran amenazados, por quienes trabajemos con predilección. La defensa del concebido no nacido, el ser humano más desprotegido de todos, el amor concreto a los pobres, a los enfermos, a los discapacitados, a los ancianos, a los marginados y abandonados, y a todas aquellas personas en quienes descubrimos el rostro de Cristo sufriente, deberá siempre ocupar un lugar principal en nuestro amor solidario”.

Como bien decía el hoy Siervo de Dios Juan Pablo II, ha llegado “la hora de una nueva « imaginación de la caridad» , que promueva no tanto y no sólo la eficacia de las ayudas prestadas, sino la capacidad de hacerse cercanos y solidarios con quien sufre, para que el gesto de ayuda sea sentido no como limosna humillante, sino como un compartir fraterno”12.

A su vez el Santo Padre Benedicto XVI nos ha recordado en su primera Carta Encíclica, “Dios es Amor”, que “el amor al prójimo no se reduce a una actitud genérica y abstracta, poco exigente en sí misma, sino que requiere mi compromiso práctico aquí y ahora… En fin, se ha de recordar de modo particular la gran parábola del Juicio final (ver Mt 25, 31-46), en el cual el amor se convierte en el criterio para la decisión definitiva sobre la valoración positiva o negativa de una vida humana. Jesús se identifica con los pobres: los hambrientos y sedientos, los forasteros, los desnudos, enfermos o encarcelados. «Cada vez que lo hicisteis con uno de estos mis humildes hermanos, conmigo lo hicisteis» (Mt 25, 40). Amor a Dios y amor al prójimo se funden entre sí: en el más humilde encontramos a Jesús mismo y en Jesús encontramos a Dios”.13

Hoy hay que decirlo con claridad, para la Iglesia, la caridad no es una especie de actividad de asistencia social que también se podría dejar a otros, sino que pertenece a su naturaleza y es manifestación irrenunciable de su propia esencia.

Santa María, sobresale como modelo de caridad: “El Evangelio de Lucas la muestra atareada en un servicio de caridad a su prima Isabel, con la cual permaneció «unos tres meses» (Lc 1, 56) para atenderla durante el embarazo. «Magnificat anima mea Dominum», dice con ocasión de esta visita —«proclama mi alma la grandeza del Señor»— ( Lc 1, 46), y con ello expresa todo el programa de su vida: no ponerse a sí misma en el centro, sino dejar espacio a Dios, a quien encuentra tanto en la oración como en el servicio al prójimo; sólo entonces el mundo se hace bueno”14.

Peregrinemos con Santa María, la Madre de Jesús y Nuestra

7. Quiero concluir estas reflexiones invocando la maternal intercesión de María Santísima. Que Ella como aurora luminosa y guía segura de nuestro camino guíe los pasos de todos aquellos que en el mes de Octubre peregrinarán buscando a su Divino Hijo.

Madre de Jesús y nuestra: nos acogemos a tu Inmaculado y Doloroso Corazón con lazos de profundo amor filial. Nos ponemos bajo tu maternal protección y auxilio implorándote que nos obtengas la gracia de vivir siempre adheridos a Jesús. Y por ello con el Santo Padre Benedicto XVI te rezamos:

“Santa María, Madre de Dios,
tú has dado al mundo la verdadera luz,
Jesús, tu Hijo, el Hijo de Dios.
Te has entregado por completo
a la llamada de Dios
y te has convertido así en fuente
de la bondad que mana de Él.
Muéstranos a Jesús. Guíanos hacia Él.
Enséñanos a conocerlo y amarlo,
para que también nosotros
podamos llegar a ser capaces
de un verdadero amor
y ser fuentes de agua viva
en medio de un mundo sediento”15.

San Miguel de Piura, 22 de Septiembre de 2006

Mons. José Antonio Eguren Anselmi, S.C.V.
Arzobispo Metropolitano de Piura

Notas

1.Ver S.S. Juan Pablo II, Exhortación Apostólica Ecclesia in America, n. 10.

2. Ver S.S. Benedicto XVI, Discurso durante el encuentro con los jóvenes a orillas del río Rhin, JMJ 2005.

3. San Ambrosio Obispo de Milán, La Virginidad, 99: SALMO XIV, 2, Milán – Roma 1989, p. 81.

4. S.S. Juan Pablo II, Carta Apostólica Novo Millennio Ineunte, n. 31.

5. S.S. Benedicto XVI, Ángelus, 15 de enero de 2006.

6. Ver Catecismo de la Iglesia Católica, n. 1484.

7. S.S. Juan Pablo II, Homilía en la Catedral de Santo Domingo, 26-1-1979. Ver además Exhortación Apostólica Ecclesia in America, n. 8-12.

8. Constitución Pastoral Gaudium et spes, n. 22.

9. S.S. Benedicto XVI, Discurso a la Academia Pontificia para la Vida, 27-2-2006.

10. S.S. Juan Pablo II, Exhortación Apostólica Redemptoris missio, n. 37.

11. Ver Puebla, n. 449.

12. S.S. Juan Pablo II, Carta Apostólica Novo millennio ineunte, n. 50.

13. S.S. Benedicto XVI, Carta Encíclica Dios es Amor, n. 15.

14. Ibid. N. 41.

15. S.S. Benedicto XVI, Carta Encíclica Dios es Amor, n. 42.

 
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